Tomemos una de las grandes ciudades del mundo, Madrid, por ejemplo, capital de España. Ya sea en la temporada invernal o en el periodo estival, a excepción de cuando soplan intensos vientos, la urbe entera aparece bajo una "boina" de polución amarillenta. Este singular tono, se debe a diferentes elementos azufrosos.

Hace una década aproximadamente, las autoridades madrileñas tomaron algunas medidas para disminuir esa contaminación que tanto afecta y ensucia las urbes modernas, y exigieron a las refinerías un mejor filtrado del diésel, retirando de su combustión las partículas sólidas de un tamaño aproximado de 10 milésimas de milímetro.

El problema es que esta clase de partículas no se eliminan con el fuego, y escapan frecuentemente a través de los escapes de millones de automóviles, camiones y motocicletas. Tales partículas son tan diminutas que superan fácilmente los filtros corporales y terminan por asentarse en los bronquiolos, donde ya no existe un modo de retirarlas.

Pero no toda la polución en las grandes ciudades de nuestro tiempo se genera por los vehículos. También hay metrópolis con innumerables calderas para calefacción que son activadas con gasóleo. Este último se consume en enormes calderas, pero ciertas partículas que incluye no se destruyen con las altas temperaturas, sino que escapan con el vapor de agua y el CO2 derivados del proceso de combustión hacia el aire de la ciudad y los pulmones de quienes la habitan.

Millones de personas que viven en las ciudades del mundo, ven afectada gravemente su salud a causa de la polución. Por ejemplo, miles de ellos podrían fallecer a causa de enfisema pulmonar sin haber fumado un cigarro jamás y todo a causa de la acción polucionante del aire, de vehículos y fábricas.

Como quiera que sea, soluciones a este problema existen, pero todo depende de un compromiso real de la sociedad, autoridades y todas las instancias relacionadas con el asunto. Como muestra de lo anterior, basta con mencionar a la ciudad de Londres, la cual padeció durante cerca de dos siglos lo que se denominaba como "caldo de guisantes".

Era una niebla tenaz, que despedía un mal olor, la cual surgía al condensarse el vapor de agua del río Támesis en las partículas sólidas que no se consumían al utilizar carbón en sus chimeneas y sistemas de calefacción. A final de cuentas el llamado "caldo de guisantes" fue eliminado cuando fue prohibido quemar carbón en la capital inglesa. #El malestar que ocasionan las Enfermedades