Un elemento fundamental para el desarrollo de la joven Tierra pudo haber sido un fragmento de roca del tamaño del planeta Mercurio. Este enigmático objeto podría explicar además, como es que el campo magnético terrestre se ha conservado desde tiempos inmemoriales.

Los expertos consideran que nuestro planeta surgió casi simultáneamente con el Sol y los demás cuerpos siderales del Sistema Solar. Todo ello aconteció hace cerca de 4,600 millones de años, siendo un elemento clave en este desarrollo una gran nube de polvo cósmico y gas.

Nuestro planeta y los demás mundos rocosos cercanos al Sol se formaron a partir de objetos equiparables en su tamaño a asteroides. Estos cuerpos se fueron uniendo hasta integrar estructuras rocosas descomunales. Muchos científicos consideran que los meteoritos que impactan a la Tierra en su momento fueron el material de construcción con los cual se desarrolló nuestro mundo.

No obstante, el manto y la corteza de la Tierra tienen, de inusual manera, una proporción del elemento samario al neodimio, mucho más considerable de lo que se ha detectado en la mayoría de los meteoritos que han caído a la superficie terrestre.

Recientes estudios apuntan a que la Tierra primitiva alguna vez absorbió un objeto tan grande como Mercurio, el cual era abundante en azufre. Esta hipótesis explicaría la extraña característica geológica antes mencionada y cómo es que el campo magnético terráqueo ha perdurado durante muchos miles de millones de años.

El autor principal del estudio, Bernard Wood, de la Universidad de Oxford en Inglaterra, apoyado por sus colaboradores, desarrolló análisis con muestras en ambientes de laboratorio parecidos a cómo era la Tierra en su etapa de formación. En este caso se manejaron temperaturas de entre 1,400 y 1,640 grados centígrados y presiones de hasta 1,5 gigapascales.

Los investigadores hallaron que si nuestro planeta en sus primeras etapas de formación engulló un cuerpo rocoso similar a Mercurio, abundante en azufre, esto podría ocasionar que el que elementos como el neodimio y el samario se hallaran en grandes cantidades en el núcleo terrestre.

Este último ha permanecido fundido desde entonces, debido a la composición química de este hipotético cuerpo en contacto con el ígneo corazón de la Tierra. Lo anterior favoreció la aparición y dilatada conservación del campo magnético de nuestro mundo.

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