Te conozco de hace tiempo desde los días cuando me enseñaste a andar en bicicleta, cuando te veía irte en una al trabajo y cuando salíamos de pequeños a visitar a nuestros amigos a bordo de esos vehículos, los cuales siempre nos han llevado de un lugar a otro.

Hoy te vi con tu perro montado en la canastilla de tu bici como un silencioso y amoroso copiloto quien, como tú, no quitaba la vista del camino. Más tarde hoy mismo volví a verte, de lejos, mientras atendías a una multitud ansiosa por un buen taco de canasta.

He visto y vivido contigo la obstinación de ser ciclista urbano en esta ciudad donde se privilegia el uso del automóvil, y hemos vivido con la impunidad de delincuentes y asesinos, de todo tipo, desde el momento en el cual vimos la primera luz. Sabemos que podemos ser parte de un accidente vial y aun así nos encanta salir a rodar.

No pocas veces he visto cómo te insultan los automovilistas, enojados por el tráfico, la prisa, el stress. Enojados con la vida, con su vida. Si experimentaran la libertad de andar en bicicleta, la sensación relajante de un baño después de un día entero en a bordo de ella, la emoción de sentir el viento en la cara, o el amor de quien te espera, de quien nos espera, en casa seguro lo pensarían dos veces antes de insultarnos o agredirnos con su vehículo.

Es cierto también que te he visto ser irresponsable en las calles, no me lo puedes negar. Haz manejado en sentido contrario, en la banqueta, haz salido sin casco, cruzaste en más de una ocasión la calle con el semáforo en amarillo, o todo eso junto.

Te he visto participar en escenas donde has estado a un segundo de no contarla, me has ayudado a reafirmar mi gusto personal por la seguridad al rodar, eso júralo.

Tristemente también he visto tu bicicleta retorcida y pintada de blanco colgada cerca del lugar donde moriste como recuerdo de tu pasión, lo efímero de la vida, nuestra fragilidad, de los peligros de vivir en una ciudad cuyo respeto entre peatones, automovilistas y ciclistas deja mucho que desear.

Sin embargo siempre me da gusto verte de nuevo en la calle, en el parque, mientras aprendes a usar tu bicicleta, cuando aceleras para llevar un pedido urgente, hacer gala de tu maestría en acrobacias, pasar en caravana con amigos, cuando exiges justicia por los ciclistas caídos. Siempre me da gusto verte y, cuando se puede, rodar a tu lado. #Crónica Ciudad de México