José es un hombre maduro, lo delata su espeso cabello cano. Trabaja en un hotel cercano al Jardín Pushkín. En sus descansos se da la vuelta por la Gratiferia. Se acerca a Quetzal para darle las gracias por organizar este tipo de eventos y recuerda una chamarra muy útil que encontró aquí hace algunos meses. La necesitaba, afirma, y aquí la fui a encontrar. Ahora José quiere regalarnos también algo, no es ropa, libros, no es nada material: es una poesía que él mismo escribió.

Antes de decir su poema, José agradece a las personas que organizan este tipo de actividades “donde se involucra el sacrificio del orgullo, porque no cualquiera se atreve a estar obsequiando cosas. Hay veces que hasta ofrecer una fruta o algo que no se ha querido comer uno, le da pena por miedo al rechazo”, comenta.

José acierta en señalar una de las principales búsquedas del movimiento: dejar de un lado el orgullo. Porque aquí nada es de nadie y no importa si alguien se lleva más o menos, no es un ejercicio de equidad, es una feria, una celebración, un espacio para dar libremente, regalarlo todo sin miramientos.    

¿Y Si alguien se lo lleva todo? Quetzal es fiel a la filosofía que impulsa Ariel Rodríguez Bosio, no impone reglas ni límites. “Si alguien se lleva muchas cosas, es porque quizá las necesita, yo no voy a negárselas”, afirma. Relata el caso de una señora que al inicio se llevaba muchas cosas; pero con el tiempo esa misma mujer fue entendiendo el concepto y ahora ella lleva para regalar ropa o zapatos, a veces agarra una o dos prendas, pero cambió definitivamente su forma de entender la necesidad de cosas materiales.

Otra mujer va y viene en el transcurso de las cuatro horas que dura la Gratiferia, de una a cinco de la tarde. Llega con grandes bolsas vacías, se las lleva llenas de ropa y una hora después está de regreso con las mismas bolsas vacías. Parece como si quisiera todo para ella, pero tampoco agarra parejo, sopesa las prendas, las mira de reojo, calcula las talles. Quetzal cuenta que se trata de una mujer con una familia numerosa, sus hijos y nietos viven en zonas marginales del Estado de México y vienen a visitarle una vez al mes. Con la misma regularidad ella viene a la Gratiferia, para escoger cosas y dárselas cuando ellos vengan.

Cuando dan las cinco de la tarde Quetzal recoge las cosas que se quedaron en el Jardín Pushkin. Dobla sus letreros cuidadosamente, para no romperlos, para darle el máximo de vida útil a cada pedazo de cinta adhesiva. Entre la ropa que nadie se llevó hay una playera roja en muy buen estado. En el centro tiene una leyenda acerca del “Nuevo PRI” y la candidatura de Eruviel Ávila  para gobernador del Estado de México. Parece nueva, pero nadie la quiso. Quetzal la dobla y la huele. “Hasta parece que está limpia“ dice,  aparentemente sin asomó de ironía. #Solidaridad #Crónica Ciudad de México #Sociedad Ciudad de México