Es sábado, son alrededor de las cuatro de la tarde, hace calor. Un hombre camina rápido por el Jardín Pushkin, ubicado en los linderos de la Colonia Roma. No se detiene a observar cuando pasa junto a una serie de mantas en el suelo sobre las cuales hay ropa, zapatos y otros artículos variopintos. “Todo es gratis”, le dice una joven sentada a la orilla de la fuente, justo atrás de las mantas. El hombre para en seco, voltea a ver a la mujer que acaba de decirle aquello, la mira extrañado. “No es cierto, nada es gratis, nada”, sentencia y se retira, orgulloso de la profundidad de sus verdades.

Ella se llama Quetzal y tiene poco más de un año como la principal organizadora de la Gratiferia que se realiza todos los primeros sábados de mes en el Jardín Pushkin. Después de que el hombre se marcha me comenta que ese tipo de situaciones son comunes. Mucha gente no entiende el concepto de la Gratiferia, a pesar de ser sencillo en apariencia: es una feria donde todo es gratis, es decir Grati-feria. Simple.  

 “¿De verdad, de verdad, es gratis?”, pregunta un hombre de complexión delgada, moreno, pantalón desgastado. “Sí, es gratis”, le contesta Quetzal, toda paciencia. El hombre recorre un par de veces el espacio que ocupan las mantas, mira la ropa, vuelve a preguntar. “¿Pero de verdad es gratis?”. Tras recibir otra vez una respuesta afirmativa el hombre comienza a tomar una, dos, tres, cuatro prendas. De diferentes tamaños, de hombre, mujer y niño. Pide una bolsa para guardar las cosas, cuando la obtiene guarda lo que ya tenía en las manos y escoge más. Está feliz.

Después relata que llegó a la Gratiferia por que una vecina de su colonia, la Doctores, le dijo. Pero al parecer él no le creía del todo. Hasta no ver, hasta no tocar con sus manos, hasta no comprobar que no necesitaba dinero para obtener algunas cosas. Se despide y promete regresar el próximo mes. Lo hace y en su siguiente visita encuentra un reproductor de DVD. “Funciona, sólo no tiene el control”, le advierten. Él lo toma, levanta los hombros como diciendo: ¿A quién diablos le importa un control remoto? Y se lleva un reproductor de DVD, esta vez, solo se lleva eso.

El concepto es sencillo: en un espacio público la gente lleva cosas que no utiliza o cree que ya no le sirven, entonces a este mismo lugar llegan otras personas que quizá si necesiten esas cosas o les den alguna insospechada utilidad. El lema de la Gratiferia es: "Trae lo que quieras (o nada) y llévate lo que quieras (o nada)". Es una nueva forma mover las cosas, un ejercicio que trasciende el truque, porque aquí no existe el concepto de reciprocidad, según refiere Áriel Rodríguez Bosio, creador de las Gratiferias en 2010, en Argentina.

Se trata también, explica Quetzal, de cambiar la idea de escases que permea todos los niveles de la sociedad. “Nos hacen creer que vivimos en una crisis, pero no es cierto, hay cosas en abundancia. Si todos sacáramos lo que no necesitamos y lo ofreciéramos gratis a los demás, a nadie la faltaría nada”, comenta. Suena ideático y lo es, eso es precisamente lo hermoso de la idea.

La Gratiferia en el Jardín Pushkin comenzó a realizarse a inicios del 2013, los primeros organizadores escogieron este lugar por ser un punto estratégico en los linderos de la colonia Roma, pero muy cerca también de la Doctores. Gran parte de la gente que lleva sus cosas para regalar son de la primera zona y los que buscan cosas de la segunda. Pero esto no es una regla, aunque el movimiento se ha vinculado con causas de beneficencia, lo que busca es diferente. No se trata sólo de regalar cosas a los más necesitados, se trata de entender que no necesitamos acumular cosas, también de minimizar el impacto ambiental que se genera por el consumismo exacerbado de productos nuevos. Se trata también de compartir espacios, hacer comunidad.  

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