Los Chicago Bulls son posiblemente uno de los equipos más conocidos para cualquier persona que naciera entre la segunda mitad de los años setenta y la primera mitad de los años ochenta. Se trata del equipo en el que todos los niños que amaban el baloncesto querían jugar cuando fueran mayores. Es el equipo que vio triunfar al mejor jugador de baloncesto de la historia. El equipo capaz de hacer que una ciudad pasase de estar última en la NBA a ganar seis anillos de campeón de la NBA, llegar a múltiples finales de playoffs y de conferencia y a marcar una de las épocas doradas del baloncesto norteamericano en muy pocos años. Es un equipo donde los milagros ocurrían.

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Donde un jugador con una fiebre altísima puede marcar treinta y ocho puntos en un solo partido y después derrumbarse en la cancha totalmente agotado. Un equipo en el que un jugador como Larry Bird puede ver a Dios en la cancha. Es un equipo que para los aficionados al baloncesto tiene algo especial. Es un equipo del que cualquiera puede declararse aficionado y nadie jamás podrá discutir el por qué.

Sin embargo actualmente no está llevando una buena pretemporada. No acaba de funcionar y siempre parece un paso por detrás de sus rivales, aunque también es cierto que logra poner en aprietos a todos y la simple calidad de sus jugadores es suficiente para poder llegar al final de los partidos con un marcador lo suficientemente ajustado como para que la victoria sea posible.

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Sus nuevas incorporaciones, especialmente los españoles Pau Gasol y Nikola Mirotic, no acaban de engranar bien con el resto del equipo. De hecho en el último partido Mirotic no ha logrado ni un solo punto. Sin embargo poco a poco van mejorando y es de esperar que según avancen los partidos se logre esa compenetración que les lleve a su objetivo final, llegar a los playoffs y puede que incluso a la disputa del anillo.

El futuro dirá en qué acabará esta nueva etapa del equipo de Illinois, pero todo puede esperarse de un equipo en el que se suceden los milagros y todo es posible.