Hay ocasiones en las que parece que un equipo destinado a ganar el título no ha jugado jamás al baloncesto a nivel profesional. Hace dos años fue el caso de Los Ángeles Lakers. Habían fichado a Dwight "Superman" Howard y Steve Nash. Parecía que estaban preparados para asaltar el título que no mucho tiempo atrás conquistaran de un modo tan contundente.

Sin embargo un par de semanas después estaban mirando el marcador del Staples Center, en el que se reflejaba su enésima derrota consecutiva. No habían empezado a rodar y ya estaban parados. El asunto acabó con Dwight Howard corriendo hacia los Houston Rockets y Pau Gasol abandonando tranquilamente Los Ángeles para dirigir sus pasos a la ciudad del viento, donde le esperaban con los brazos abiertos los Chicago Bulls para tratar de colocar otro anillo en sus manos.

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Ahora está pasando lo mismo al otro gran equipo de la ciudad. Un equipo preparado para la victoria pero que solo conoce la derrota desde que comenzó el ejercicio. Solo el jugador franquicia del equipo puede salvar los muebles personales, pero ni siquiera Blake Griffin es capaz de llevar sobre sus hombros a todo el equipo. La media estratosférica de treinta y un puntos en treinta minutos no ha sido suficiente en un partido que se decidió a más de cien puntos.

La última derrota se produjo contra el equipo de Utah Jazz, teóricamente muy inferior a Los Ángeles Clippers, más aun teniendo en cuenta las bajas por lesión de algunos de sus jugadores.

Su plantilla, catalogada por muchos como la mejor de la NBA, no termina de carburar. Doc Rivers hizo jugar media hora a Chris Paul, Redick, Douglas-Roberts, Griffin y DeAndre Jordan, pero a pesar de ellos cayeron por trece puntos (102-89).

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Ni Farmar, ni Spencer Hawes ni Glen Davis consiguieron aportar desde el banquillo, y la victoria se quedó en Utah.

Poco les queda por hacer a los propietarios de este equipo, que ya ha dado todo a la plantilla. El futuro dirá cuál es el destino final de este equipo de ensueño que vive actualmente una pesadilla.