Dijo Jorge Valdano en una conferencia en Medellín hace tres años que un equipo es un estado de ánimo. El argentino, que defendió la camiseta blanca durante cuatro temporadas y compartió vestuario con los Sanchís, Camacho, Maceda, Michel y compañía, conoce perfectamente lo que, a nivel interno, puede suponer que el estado de tranquilidad y felicidad esté instalado en un vestuario repleto de estrellas a las que en contadas ocasiones les gusta que les miren por encima del hombro.

Si hay alguien que puede hacer eso sin ningún temor, es Zidane. Desde la llegada del francés al vestuario blanco, el estado de bienestar es una realidad que se ha transformado en sonrisas y optimismo para los aficionados que acuden al Santiago Bernabéu a ver a su equipo. Benítez, los pitidos y su mejor o peor idea de juego y manejo de vestuario, juzguen ustedes mismos, son ya el trasfondo de una escenografía repleta de luz, ilusión y olvido. El presente se ha abierto paso entre las tinieblas y el pesimismo del pasado.

El paciente evoluciona favorablemente, es evidente. El funambulista de principio de temporada que tantas veces estuvo al borde del descalabro y de caer al vacío, si no lo hizo en aquel choque frente al Barcelona, avanza ahora por el alambre con pies de plomo y pasos seguros. Isco, que antes escondía en su cada vez más frondosa barba sus ganas de demostrar en el campo lo que el banquillo no le permitía, es el mayor beneficiado. Ahora juega, se sabe importante y muestra una actitud corporal que acompaña a una sonrisa de joker que, sin medias tintas, ya ha manifestado que con Zidane es más feliz.

El otro que empieza a ver la luz al final del túnel es James. El colombiano, que ha tenido que escuchar infinitos rumores sobre su profesionalidad, forma o salidas nocturnas, volvió a parecerse al de su primer curso en la casa blanca. Se vistió de gala, se enfundó su mejor esmoquin, pajarita y zapatos que brillaban como hacía tiempo que no lo hacían. Todo son buenas noticias en el estado de felicidad permanente en el que vive el Madrid de Zidane.

Aún con todo esto, y a pesar de haber recuperado las mejores versiones de Kroos, Modric o Marcelo, amén de un Cristiano que porta la bandera del grupo de jugadores en intento de recuperación del técnico francés, el equipo sigue teniendo un problema, una única bala en el revolver llamada #Champions League si las cuentas no fallan, que no suelen hacerlo, a un eterno rival que observa desde su prima impermeable todo lo que sucede en la capital.

Al final, puede sonar hasta ridículo que un club de la dimensión del Real Madrid cambié de la noche a la mañana por una sustitución de entrenador. Será que, realmente, esto se ha convertido en un contexto donde los jugadores deciden donde y por qué en función de la persona que les dirija. Al menos, Zidane parece haber encontrado la tecla de la felicidad. Y eso parece ser lo único que les hacía falta a unos jugadores cuyas condiciones #Futbolísticas son incuestionables. Y es que, ya lo decía Valdano, un equipo es un estado de ánimo y, a día de hoy, el Real Madrid rebosa felicidad por los cuatro costados.