En el fondo,  Zinedine Zidane debió de entender cómo actuó Cristiano Ronaldo el pasado 17 de enero. El Real Madrid ganaba 5-1 al Sporting de Gijon, y la estrella lusa le dio una patada  por detrás a Nacho Cases sin estar el balón de por medio, entendiendo que el asturiano le había propinado un codazo previamente. El 7 blanco se libró de ser expulsado, y su entrenador se acordó, seguro, de las veces que a él mismo le mostraron la cartulina roja por acciones similares. Cristiano Ronaldo ha sido expulsado nueve veces en su carrera desde que debutará en el 2002 con el Sporting de Lisboa. Zidane tomó el camino de la ducha antes de tiempo en 14 ocasiones entre 1989 y 2006; 11 de ellas, por roja directa.

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Pero hay diferencias en el comportamiento de uno y de otro.

Zidane era y es es un tipo afable en las distancias cortas, tímido, que habla a susurros, y durante sus años de futbolista no se destacó por ser el típico que calienta la oreja de los árbitros durante todo el encuentro; ni mucho menos. Iba a lo suyo. Y es que jugaba con los códigos de barrio bien interiorizados, y le daba absolutamente igual que fuese una eliminatoria de la extinta Copa Intertoto, un derbi contra el Barcelona, un partido de la Liga de Campeones o la final de la Copa del Mundo.

El que quizás haya sido uno de los futbolistas más elegantes que jamás haya pisado un césped, creció en el deprimido y castigado arrabal La Castellane de Marsella (Francia), y eso marca de por vida. Los partidillos entre amigos de la plaza Tartaria no eran, ni mucho menos, un mero pasatiempo para el hijo de los inmigrantes argelinos Smail y Malika.

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Aprendió a defender lo suyo, a sentirse orgulloso de lo conseguido a base de luchar, a no humillar, y, sobre todo, a que no lo humillasen sin que el que lo hiciera no recibiese su merecido. Así se sobrevive en los barrios marginales, y así se sale, también, de ellos. Zizou nunca no lo olvidó.

En mayo del 2003 declaró lo siguiente a el diario El Pais. “¿Yo duro? La elegancia no vale siempre, hay que combatir”. Esa frase resume el leitmotiv de Zidane cuando se vestía de corto: yo jugaré lindo, para el público –“tengo que tener un pensamiento para la gente”‑, no se hacerlo de otra manera, pero si me buscas me vas a encontrar. Y Marco Materazzi, el limitado pero expeditivo defensa italiano, lo buscó y lo encontró en la final de la Copa del Mundo del 2006. Nunca se sabrá a ciencia cierta que le dijo a Zidane en el minuto 110 del choque, pero éste se volteó y lo tumbo de un cabezazo en el pecho. Tarjeta roja que le mostró sin dudarlo el argentino Horacio Elizondo, y a la calle, fin de la historia.

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No era, además, de los que se arrepentía por los actos cometidos. Casi cuatro años después del día de autos,  el legendario 10 de los Bleus declaraba los siguiente en El País:  “Prefiero morir a pedir perdón a Materazzi por mi expulsión. Nunca, nunca, sería deshonrarme”. Lo dicho: lo códigos de barrio los aplica tanto en un encuentro anodino como en la mismísima final de la Copa del Mundo, en su último partido, precisamente”.

Intentaba evitar los problemas, pero si le provocaban daba un puñetazo al mismísimo Marcel Desailly, le pateaba la espalda a David Beckham, le pisaba a un desconocido jugador saudí otorgándole su minuto de gloria, o intentaba agarrar del cuello al hoy entrenador del Barcelona Luis Enrique Martinez. Todo era una cuestión de honor. Cuando en el 2001 lo nombraron embajador itinerante del Programa de la ONU para el desarrollo de los países más pobres, destacó que sabía lo que era la pobreza: “Viví situaciones difíciles”. Y eso no se olvida nunca, nunca. #Futbol #Champions League