El empate a cero goles de la semana pasada anunciaba que en noventa minutos, tenía que jugarse mucho más y mejor por parte de las dos oncenas que esta noche saltaban a la grama del mítico Santiago Bernabéu; y es que el Real Madrid no quiso y el Manchester City no pudo, los primeros porque aparentemente sin Cristiano Ronaldo son un equipo más, y los segundos porque la prioridad que le han dado a este torneo por encima de su liga local desde hace dos o tres años, parece que les ha abrumado mentalmente y les ha arrebatado la fiereza que les caracterizaba.

Esta noche tenían una ventaja aparente los hombres de Pellegrini, si marcaban un gol forzaban a los merengues a hacer lo mismo dos veces cuando menos, pero ante el anuncio de que el crack portugués se enfundaría los arreos de guerra, el ánimo de los madridistas recibió una dosis de júbilo por ese simple motivo y encontró esperanza en que cualquiera que fuera la medida celeste, serían capaces de salir victoriosos y encaminarse hacia destinos lombardos.

Cristiano dosificó sus esfuerzos e hizo lo necesario para pesar en el campo y crear oportunidades para sus compañeros en detrimento de su propio brillo, Bale jugó de sacrificio y lo hizo la mitad del tiempo con una sola pierna por una lesión en la rodilla derecha, Isco, Carvajal, Pepe y Ramos tuvieron una noche tranquila e hicieron olvidar la angustia anunciada por la ausencia de Casemiro, ya que la pasividad y pasmosa construcción de oportunidades del rival, fueron claves en la eliminación del equipo inglés; los fluorescentes británicos comparecieron sin convicción en el inmueble del Paseo de la Castellana y sus hombres clave empezaron a desmoronarse desde temprano, cuando Company salió lesionado al minuto 8, Jesús Navas parecía huérfano creativo sin Silva cerca de él, De Bruyne nunca superó la marca de Kroos y Agüero simplemente miró todo el partido delante de la primera fila de las gradas, salvo al minuto 89 cuando largó un zapatazo que le sacó pintura al travesaño del guardameta costarricense de los Merengues.

Resultó increíble ver a  dos equipos que superan la centena de goles por su cuenta en lo que va del año futbolístico, y que salieran tan amarrados, desaceitados y definieran 180 minutos de juego con un solitario gol que llegó a los 20 minutos, cuando Carvajal se sumó al ataque y asestó un pase filtrado a Bale, el galés se metió al área e intentó centrar desde la derecha hacia segundo palo, con la fortuna de su lado y con la pierna de Fernando que desvió la trayectoria y coló el balón en la escuadra contraria; a partir de ese momento el partido fue entre un equipo que no quiso y otro que no supo, tal como la primera edición de la semana anterior.

Pellegrini miraba al arco y miraba al cielo, de ninguno de esos sitios encontraba respuestas, Zidane jugaba con las lesiones de sus hombres, el tiempo y la lectura del rival, pero un equipo que no genera oportunidades como el City de esta noche, que aparenta correr y lo hace sin convicción alguna durante noventa minutos, muriendo de nada, guardando sus mejores hombres y pinceladas para el final, diseña un escenario justo para no sobrevivir a una semifinal insulsa e insípida como esta. Al final el juez esloveno Skomina dictó el final de este encuentro para el olvido entre insulares y peninsulares, y que solo fue un trámite físico para organizar la desbandada de madrileños hacia el norte de Italia para el último sábado de este mes.

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