Brett Lorenzo Favre, también conocido como El General, es el jugador de americano más grande de todos los tiempos, no por su ingreso al Salón de la Fama del Futbol Americano de la NFL, tampoco porque fue seleccionado para jugar en 11 Pro Browls, ni porque se retiró con los récords de liga en yardas por aire (71,838), pases de touchdown (508) y pases completos (6,300) o porque haya establecido récords de playoffs en yardas (5,855) y pases completos (481), o porque haya sido el jugador más valioso de la #NFL tres años seguidos (1995-1998), sino porque todo esto que consiguió no hubiera sido posible de no haberse enfrentado a él mismo una y otra vez durante toda su carrera como mariscal de la NFL.

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Favre fue seleccionado en la Segunda Ronda del Draft en 1991 por los Halcones de Atlanta (selección 33 del draft) firmando un contrato de tres años por 1.4 millones de dólares. Pero el entrenador en jefe de ese momento, Jerry Glanville, no quería a Favre. Durante el tiempo que el mariscal estuvo en el equipo casi no jugó y solamente pudo lanzar cuatro pases ―no completó ninguno―, y dos intercepciones ―una de las cuales terminó en touchdown―. Al año siguiente, para fortuna del mariscal nacido en Gulfport, Mississippi, es transferido a los Empacadores de Green Bay a cambio de una selección de primera ronda del draft de 1992. Los Halcones contrataron a un corredor, Tony Smith, que jugó tres años con ellos y quien logró durante toda su carrera 329 yardas por tierra, 14 por aire y ninguna anotación.

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A diferencia de Glanville, el entrenador en jefe de los Empacadores, otra leyenda del americano, Mike Holmgren, confiaba en Favre. En el segundo partido de la temporada de 1992 mandó a la banca al mariscal del primer equipo, Don Majkowski, y Favre pudo jugar el segundo tiempo, aunque con pobres resultados, porque Green Bay perdió ante los Bucaneros de Tampa Bay con un marcador de 31-3. Durante el tercer partido de aquella temporada Majkowski es lesionado, una lesión de ligamento de tobillo que implicaba cuatro semanas fuera del emparrillado, así que Holmgren mete a Favre a jugar y este pierde el balón cuatro veces a lo largo del juego. Los fans de los empacadores pedían a gritos que lo sacaran y metieran al tercer mariscal, Ty Detmer, pero Holmgren lo dejó jugar y con sólo un minuto, iniciando desde su propia yarda 8, Favre hace tal serie ofensiva que apenas con trece segundos restantes lanza el touchdown de la victoria al receptor Kitrick Taylor.

Este fue el inicio de una larga racha de victorias consecutivas para los Empacadores.

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Aquella temporada terminaron 9-7, y aunque perdieron en su último partido la posibilidad de calificar a playoffs, Favre logró 3227 yardas y un índice de pasador de 85.3, lo que le ayudó a ir a su primer Pro Bowl. Pero para poder ganar este juego, Favre tuvo que cambiar la mentalidad negativa que tenía de sí mismo y superar el descreimiento que había heredado del otro equipo (esto vinculado a unos inestables años de formación en los cuales jugó como liniero, safety, pateador de goles de campo y de despeje y hasta béisbol). Detrás de aquel primer triunfo de su carrera como mariscal profesional está una gran victoria de Favre: la victoria frente a sí mismo. Porque lo más difícil de un ser humano es cambiar la mentalidad que se tiene de algún asunto. La gente no cambia tan fácilmente de opinión como se piensa y la construcción de la personalidad es algo que se lleva tiempo y que se forma a partir del criterio de los otros. Si bien alguien fundamental como Mike Holmgren tuvo que ver con la transformación de la visión de este mariscal de campo, fue él quien pudo conquistar, como el guerrero que es, sus propios temores y la desconfianza que se tenía.

Esta victoria fue el preámbulo de otras que demostraron su gran fortaleza mental: el mejor partido que nos regaló este mariscal de campo fue aquel que los Empacadores protagonizaron el 22 de diciembre de 2003 contra los Raiders de Oakland (con un marcador de 41-7); Favre se negó a abandonar al equipo a pesar de que unas horas antes su padre había fallecido. Diez meses después, moría en un accidente automovilístico su cuñado Casey y su esposa Deanna era diagnosticada con cáncer de mama. Sin embargo, #Brett Favre mantuvo la cabeza fría ante estas circunstancias familiares tan adversas y nos mostró y enseñó que en este juego ―que no sólo es físico sino sobre todo mental― como en la vida al principal enemigo que se debe derrotar es a uno mismo. #El más grande de todos los tiempos