La diferencia de crecimiento económico entre los países marcará el desarrollo de las economías en este año próximo. EEUU y Reino Unido han normalizado ya sus economías después de la crisis y están en velocidad de crucero, que a buen seguro mantendrán. La zona euro todavía no ha empezado a arrancar con fuerza y de Japón, nada se sabe, y es una de las mayores incógnitas. En cuanto a los llamados países emergentes, el panorama es mejor para China, la cual espera un crecimiento menor pero mucho más sostenible que en Iberoamérica.

Todas estas son suposiciones, claro está, ya que el componente geopolítico está ahí y es complicado ejercer de futurólogo en este tema. Lo que queda meridianamente claro es que EEUU será el motor económico mundial, con un aumento del 3% del PIB. En Europa los problemas continuarán pesando los problemas estructurales de las principales economías de la zona. El factor sorpresa que puede ayudar a paliar esta caída puede ser la bajada del precio del petróleo, las inyecciones de liquidez que puedan provenir del Banco Central Europeo o la debilidad manifiesta de la moneda.

Irlanda y España son los países periféricos europeos que más crecerán, quizás puedan hacerlo un 2%, nuestro país no debe confiarse por una recuperación económica que aunque estable en su pronóstico puede ser vulnerable. Brasil y los países latinoamericanos verán como continua su crecimiento pero de una manera más moderada. 

Los problemas geopolíticos no dejan de amenazar al mundo, especialmente el conflicto entre Rusia y Ucrania, así como los innumerables problemas que hay en cuanto al mundo islámico. Estos conflictos suponen un retraso en la globalización de un mundo cada vez más cercano, aunque sigue teniendo ligeras variaciones en cuanto al crecimiento de los Estados, sufriendo cada uno a su manera las consecuencias de los cambios económicos que a lo largo y ancho del planeta hacen dependientes a unas naciones de otras. A pesar de todo, el pronóstico general es un poco mejor que en los años anteriores.