Hablando de problemas sociales ante un público al azar, alguien me dijo: “esto es el Armagedón… y si nos ubicamos en los márgenes del capitalismo, en efecto, no hay solución para los problemas. En cada vuelta que da el capital, como bola de nieve, se le pega más valor, se hace más grande este capital, barriendo de la faz de la Tierra a otros capitales que no lograron las dimensiones, la capacidad competitiva y expoliadora de aquel y preparando las condiciones de su ruina; sin embargo, en su ruina está la solución, por lo menos el inicio de ella.

Los comerciantes se hicieron fuertes en el seno mismo del feudalismo, gracias a los productos artesanales y suntuarios que los estratos dominantes disfrutaban con exclusividad, y tomaron el control de la producción para convertirla en manufactura, y la prédica de libertad, igualdad y fraternidad fue la expresión de las condiciones necesarias para desarrollar la naciente industria.

Libertad para que los siervos de la gleba pudieran salir y emplearse en las manufacturas, entonces en auge, que demandaban fuerza de trabajo ante la creciente demanda de sus productos; libertad en doble sentido: debían ser libres de cualquier atadura que les impidiera trasladarse a donde lo quisieran y vender su fuerza de trabajo a quien quisieran, y también libres –carentes- de toda propiedad excepto su fuerza de trabajo para que se vieran obligados a venderla a los recién nacidos burgueses.

Igualdad para celebrar contratos laborales sin la intervención del monarca ni los jerarcas eclesiásticos, ni la nobleza, sólo el patrón frente al trabajador hambriento pero agradecido por su “libertad” y dispuesto a vender su única mercancía por el precio que aquel le pagara, pues se trataba de un gran progreso ante la servidumbre que, además de mantenerlo en el límite inferior de sobrevivencia, lo mantenía atado a la tierra, a la “gleba”.

Fraternidad entre los burgueses “libertarios” y los proletarios recién liberados del yugo servil y puestos bajo la tutela de aquellos, quienes supuestamente les hacían la enorme gracia de darles la oportunidad de trabajar y ganar en libertad su propio sustento y a quienes, por esta gratitud, respetaban y hasta amaban, sin comprender que se trataba sólo de una nueva forma de explotación practicada por un nuevo grupo social que se disponía a tomar el lugar de los anteriores, la clase burguesa.

La idea de #Derechos Humanos surge en este contexto como oposición a las ideas dominantes bajo el feudalismo, aquellas que preconizaban la voluntad de Dios en todos los aspectos de la vida social, económica y política. Los Derechos Humanos a gobernar contra el Derecho Divino que designaba a los reyes, representantes de Dios en la Tierra y coronados por el Papa; contra los designios de Dios que entregaba el dominio social a los señores feudales, quienes vivían con lujos a expensas de los siervos cuya fuerza de trabajo era ya imprescindible para que funcionara la industria y generara plusvalía.

Estas ideas, ahora al servicio del capitalismo, siguen siendo el pretexto para la explotación y las guerras de rapiña por el control de los recursos naturales del planeta, pero al escasear los recursos y encontrar los imperialistas cada vez más encarnizada resistencia, evidencian también que el capitalismo se aproxima a su fin. Cuando no haya algo más que acaparar ni alguien más a quien explotar, los capitalistas deberán entregar el control de la planta productiva a la sociedad y ésta administrará en beneficio de todos. #Finanzas #Iglesia Católica