La bombilla fue instalada en la estación 6 de bomberos de Livermore, California, en los Estados Unidos. Su misión era alumbrar las 24 horas del día ese recinto. Han pasado más de 100 años y todavía sigue alumbrando. Se sabe también que la primera bombilla, creada por Thomas Alva Edison en 1881, duraba 1.500 horas. Y que en 1924 salió al mercado otra, con 2.500 horas de duración.

Anuncios

La pregunta obvia que resulta de todo esto es: ¿por qué las bombillas antiguas tenían mayor calidad que las de hoy? ¿No debería ser al contrario? Esta pregunta adquiere más relevancia si se toma en cuenta que prácticamente todos los aparatos eléctricos cada vez duran menos.

Anuncios

Y cuando alguien los quiere reparar, descubre que puede ser más barato comprar un artículo nuevo. ¿Por qué ocurre todo esto?

Las bombillas y el “Cartel Phoebus”

Las grandes compañías productoras de aparatos eléctricos estaban en una encrucijada durante los años 20. Por ejemplo, podían producir bombillas de larga duración a bajo costo. Un usuario promedio compraría una nueva bombilla cada 2 o 3 años. Eso significaba menos ganancias.

Por eso en la Navidad de 1924 hubo una reunión secreta en Ginebra (Suiza). La convocó la compañía Phoebus S.A., que producía artefactos eléctricos. A ese encuentro acudieron los mayores fabricantes de bombillas y lámparas de Estados Unidos y Europa. Entre todos acordaron una estrategia: acortar la vida útil de las bombillas eléctricas a tan solo 1.000 horas.

A ese grupo se le conoció con el nombre de “Cartel Phoebus”. Formaban parte de él compañías como Philips de Holanda, Osram de Alemania y Lámparas Zeta de España. Tras el acuerdo se impuso el estándar de las 1.000 horas y se impidió, por ejemplo, que se patentara una bombilla con 100.000 horas de duración, que ya se había inventado.

Anuncios

Para los años 40, el “Cartel Phoebus” ya había impuesto sus propias reglas en el mundo entero.

La práctica de limitar la vida útil de los productos fue imitada por otras compañías. Era, en definitiva, un excelente negocio. Y fue así como se consolidó una sociedad consumista, en la que todo se fue volviendo desechable. Con ello también han creado gigantescos residuos de basura tecnológica, al tiempo que los consumidores se volvieron dóciles. Ahora comprar productos que duran poco se ha convertido en un asunto de moda y en fuente de satisfacción. #Obsolescencia programada