A mis 68 años de edad y luego de departir con la familia la fiesta de la Navidad, reflexionó que la vida se va acortando más rápido cada día.

Tanto los 25 diciembre como los 1 de enero son como almacenes que cada vez acumulan más tristezas y remembranzas respecto de algo que fue pero que ya no se podrá dar. Los platillos tradicionales, los olores, las tertulias, nos vienen a recordar que la vida pasa haciendo cada año un pequeño alto en el camino en el marco de una vorágine que arrastra 365 días.

Me vienen a la memoria aquellas fechas en que siendo niño, en la avenida San Cosme se instalaba el circo Atayde. Ese si era un verdadero circo. Sus carpas, el graderío, los mezclas de olores, personas bien abrigadas y ávidas de observar una función que presentaba de todo. Al inicio, un desfile en el que marchaban trajeados y adornados de oropeles los trapecistas, alambristas, caballistas, equilibristas, payasos, enanitos, domadores, etc.

En esas fechas se agregaba en mi existencia el saber que dicho espectáculo coincidía con la Navidad. Formaba parte de una época en la cual mis padres me tenían reservadas las gratas y mágicas sorpresas que hacían para mi persona cada año mis mejores días.

¡Y claro! gozaba de vacaciones, sin preocupación por las tareas convivía con mis amigos, asistía como acolito a la iglesia tomando a discreción algo de las limosnas que recogía, preparaba con todo esmero una carta a Santa Claus y otra a los Santos Reyes Magos. En fin, me sabía el rey del mundo. Igual sentía enorme miedo en razón de mis calificaciones. Acudía al altar, me hincaba y prometía que para el siguiente curso mis calificaciones serían de excelencia ¡Si señor!

Mi padre me llevaba en grupo con mis hermanos y en compañía de mi mamá a comprarnos la ropa necesaria que sustituyera a la por demás desgastada o bien a la que ya mi cuerpo se negaba a aceptar en razón de mi crecimiento.

De su aguinaldo salía lo necesario para vestirnos, llevarnos a Acapulco por espacio de una semana y además, sintiéndonos felices por la cercanía de la llegada de Santa Claus y los Reyes Magos que nos dejaban juguetes a disfrutar a todo vapor dado que en enero persistían las vacaciones.

Previo a la navidad las posadas, la piñata, la colación, el ponche. Los abuelos, los tíos, los primos y señoritas viejitas enlutadas que nos instaban a participar con todo respeto y devoción a rezar la letanía para terminar al final lanzando cuetes y jugando con las famosas luces de bengala.

Recuerdo que a media tarde, los días 24 de diciembre mis padres nos urgían a acudir con ellos a dar gracias a la iglesia. Perezosos los acompañábamos y al regresar camino a casa mi padre le preguntaba a mi mamá "Chata ¿no escuchaste el sonido de unas campanitas provenientes de nuestro hogar…?” Mi madre contestaba que sí, que esa impresión también tenía.

Al acceder a casa descubríamos una bomba: todo el árbol de navidad estaba circundado de cajas envueltas ad-hoc y mis padres simulando asombro nos advertían que mientras estábamos en la iglesia había llegado Santa Claus. Y así empezaba lo que anunciaba el inicio de la noche buena.

Espero que nuestra historia de México guarde y retome para siempre estas tradiciones que en lo personal nunca he observado en otras partes del mundo. #Educación