Amanecía en la Cd. De México. El sol empezaba a destellar sus primeros rayos de luz como anunciando un amanecer diferente para todos.

La mañana se tornaba quieta y apacible como todos los días, salvo por el correr diario de darse un baño rápido, el arreglo personal y el desayuno antes de ir a trabajar o a la escuela.

Cientos de familias hacían las mismas actividades, era hora de cumplir con las obligaciones o con el mismo destino.

Era el jueves 19 de septiembre de 1985, el reloj marcaba las 7:19 de la mañana.

De pronto un suave movimiento en la cama nos despierta, quienes ya estaban de pie sienten un mareo repentino. Todos se dan cuenta rápidamente de que empezaba a temblar.

Como en otras ocasiones, los citadinos estábamos acostumbrados a que los temblores, no pasaban de ser un simple movimiento que pasaba en unos cuantos minutos. En esta ocasión nada era diferente, el leve movimiento empezaba a balancear los candiles de las casas y las puertas de los cuartos se abrían y cerraban como si alguna persona quisiera entrar.

En ese suave movimiento, un golpe seco estremece las estructuras de los edificios, volteamos a ver las paredes y el asombro nos invade al ver que éstas, se veían descuadradas con un ángulo nunca visto con anterioridad.

Como si fuese un monstruo saliendo de la tierra -al igual que en las películas de ciencia ficción- un fuerte estruendo emerge del centro del planeta, un rugido inexplicable nunca antes escuchado en este tipo de movimientos; lo sentimos en los pies al caminar, lo escuchamos en el crujir de las paredes con sorpresa, asombro y miedo a lo desconocido. ¿Qué está pasando? Esto ya no es normal, ya no es el típico temblor.

El suave movimiento oscilatorio al que estábamos acostumbrados, se convierte de repente en un movimiento trepidatorio que hace que las cortezas de la tierra choquen con tal fuerza y efectividad que provocan alarma, miedo y destrucción.

¡Está muy fuerte el temblor! Era lo que decíamos quienes tuvimos la fortuna de salir vivos. En ningún momento nos imaginábamos la destrucción que estaba en ese momento ocasionando en las calles de la ciudad y la desesperación de las personas que estaban siendo atrapadas en sus propias casas o lugares de trabajo en un abrir y cerrar de ojos, en tan solo un par de minutos.

Estábamos viviendo en carne propia uno de los terremotos más fuerte que generó mayor destrucción y muerte que ningún otro en la historia de la Cd. De México.

Después de eternos minutos de movimiento, el temblor termina con su furia. Rápidamente corremos a prender el televisor para ver si había noticias al respecto. No había transmisión, se había caído la señal.

Prendemos el radio y empezamos a escuchar en algunas estaciones los avisos que promovían la tranquilidad de las personas. Poco a poco se restablece la televisión y es Jacobo Zabludovsky el único periodista con el oficio tan bien desarrollado, que sale a recorrer las calles de la ciudad y desde el teléfono que tenía en su vehículo, empieza a narrar con su peculiar estilo que lo caracterizaba, la destrucción y pérdida de vidas humanas.

El centro de la ciudad de México estaba destruido, habían caído edificios emblemáticos como el hotel Regis, la colonia Roma era una montaña de piedras, escombros y varillas. Todo era confusión, nerviosismo y luto.

Honramos la memoria de las personas que fallecieron, a ellas les debemos que con su partida, nació una sociedad mexicana de hermandad, fraternidad y solidaridad que hasta hoy en día es un valioso recuerdo. #Crónica Ciudad de México #Sociedad Ciudad de México