En los últimos meses, Turquía ha recuperado su voz en #Europa. A tenor de la crisis migratoria derivada de la inestabilidad en Oriente Medio, los turcos han rescatado un papel que creían perdido con la caída de su imperio en 1918. Las últimas reuniones en Bruselas para abordar la crisis de Oriente Medio han reavivado las preguntas alrededor de por qué, después de 50 años,Turquía sigue sin formar parte del club europeo.

En 1987, el antiguo Imperio Otomano solicitó su adhesión a la UE y es, desde entonces, que emprendió un largo camino de cambios políticos, estructurales y sociales con vistas a cumplir con los requisitos exigidos por la Comunidad. Debía alcanzar un nivel económico superior, defender la libertad y los derechos y establecer la laicidad. Con Atatürk al frente, la recién creada República de Turquía emprendió su nueva andadura con diligencia, asegurándose de cumplir con los estándares democráticos exigidos: en 1924, se abolió el Califato y la ley islámica, en 1934 las mujeres tenían derecho al voto y en 1937, era un estado laico. A pesar de todo, las negociaciones de adhesión siguen enfangadas.

Los argumentos son varios. El primero es geográfico: pese a que una pequeña porción de su territorio está dentro del continente europeo; la práctica totalidad de su territorio está en Asia. El segundo es religioso: aunque Turquía es oficialmente un estado laico, no olvidemos que el antiguo imperio otomano fue el máximo representante de la cultura árabe y la religión musulmana hasta su caída tras la Gran Guerra. Esa representación del mundo árabe sigue latente en un país donde más del 90% de su población es musulmana. Dada la histórica tradición cristiana de Europa, incluir a un país musulmán en su comunidad se percibe con recelo.

Sin embargo, estas reticencias entran en contradicción con otras cuestiones: Turquía fue miembro fundador del Consejo de Europa, es integrante de OSCE y forma parte de la OTAN. ¿Son, pues, los motivos geográficos y religiosos los únicos determinantes?

Final de 2014: Turquía tenía más de 75 millones de habitantes. Para la UE esto es, no sólo un esfuerzo económico, sino que supondría las inclusión de todos ellos a las fronteras comunitarias. Según la normativa europea, le corresponderían 99 eurodiputados, igualando al número de eurodiputados alemanes, y sería el segundo país de la unión con más representantes. Esto supone una cantidad de puestos de responsabilidad dentro de la unión equivalente a la de Francia, Reino Unido o Alemania. ¿Estaría dispuesta la UE a otorgarle semejante poder?

El presidente turco, Erdogan, ha sabido interpretar las reticencias europea y es, probablemente, el motivo por el que ha cambiado de rumbo su política exterior, respaldada por una opinión pública crecientemente desfavorable hacia la UE: en 2014, los turcos que desconfiaban de la Unión aumentó hasta un 66% de la población, según el periódico turco Hurriyet Daily news. Pero parece que los intereses turcos han cambiado. Recordemos que Turquía se sitúa geográficamente colindante con Europa y Oriente Medio, estableciendo una línea divisoria con países como Siria, Iraq o Irán. Con la actual crisis migratoria,  parece ser el único guardián de la frontera. Con su inclusión en la UE, la libre circulación de ciudadanos  no podría evitar una masiva migración hacia Europa desde Oriente Medio. Y todo ello sin olvidarnos de los conflictos en Siria, Iraq o Palestina.

El continuado ninguneo de la UE ha acabado por enfadar a un país cuyo PIB aumenta rápidamente, con una población numerosa y una tradición histórica de poder político, territorial y religioso que lo respalda. Hoy, Turquía está en disposición de decidir. Y la Unión Europea, que parecía estar evitando durante 50 años un rebrote del poder turco, puede estar propiciando un agravante de sus temores: Turquía podría preferir relacionarse con sus vecinos petroleros, dificultando las relaciones ya difíciles de la Unión Europea en Oriente Medio.

¿Tiene Turquía las llaves de Europa? #Inmigración #Isis