Este pasado domingo hemos conocido los resultados de las últimas elecciones celebradas en Uganda cuyo recuento determina, como era previsible, la continuidad de Museveni como presidente del país tras 30 años en el poder. Ese mismo día su principal opositor, Kissa Besigye –detenido hasta en dos ocasiones durante la semana previa a los comicios- denunciaba fraudes masivos en éstos. Por su parte, la UE y EEUU –cuyas donaciones han ayudado a Museveni a perpetuarse en el poder- calificaban a la Comisión Electoral de imparcial y poco ajustada a los estándares internacionales, en una secuencia de hechos que podríamos trasladar a gran parte de los países del continente africano.

Desgraciadamente la voluntad de perpetuarse en el poder es un vicio muy extendido a lo largo del continente. Podemos citar en este sentido el caso de Pierre Nkurumziza, quien llevó a Burundi a una nueva guerra civil tras su decisión, el pasado abril, de presentarse a las elecciones haciendo una interpretación discutible de la constitución y violando claramente los acuerdos de Arusha del año 2000. También Paul Kagame, quien modificó la constitución el pasado año con el fin de poder optar a la reelección en los tres próximos comicios –en caso de ganarlos su mandato se prolongaría hasta 2034, cuarenta años después de su ascenso al poder; o Denis Sassou Ngesso, presentado como candidato a las elecciones del próximo marzo tras modificar la Carta Magna en octubre eliminando las cláusulas que podían impedir su presentación –el límite de edad y la limitación de mandatos–.

Mención aparte merecen las llamadas Repúblicas hereditarias o dinásticas, entre quienes contamos a los Bongo, los Kabila, los Gnassingbé o los Obiang. En estos casos, la detentación del poder pasó de padres a hijos, dando un paso más en la voluntad de mantener las riendas de sus respectivos gobiernos. 

Tras este breve repaso, vamos a exponer algunas de las características que, a nuestro entender, pueden ayudar a explicar el apego de dichos líderes al poder. En primer lugar, cabe remarcar la importancia de la herencia colonial. Los líderes africanos recibieron unos estados nacidos bajo el domino europeo, con unas fronteras nacidas de procesos exógenos y cuya gran diversidad determinó la necesidad de desarrollar una administración central fuerte, con una gran concentración de poderes que, sumada a los modernos medios de represión, se percibía como alejada de la sociedad y sus intereses. Tras las independencias, la llegada de la Guerra Fría colocó otra vez al continente en el tablero geopolítico mundial y el proceso de polarización global obligó a los nuevos líderes a tomar partido. Este proceso se caracterizó por la llegada de ayudas externas, la promoción de las luchas internas y el mantenimiento de algunos regímenes más terribles de la historia moderna de la humanidad.  

Dichos antecedentes llevaron en la década de los 90 a una oleada de protestas, pidiendo apertura democrática. Algunos países consiguieron desarrollar sistemas más o menos democráticos, con alternancia en el poder y una incipiente separación de poderes; otros como los arriba mencionados, solo intentaron aparentarlo. Así, estos señores, bajo el amparo del “o yo o el caos” tan frecuente en la política actual, han venido dictando los destinos de millones de personas, enriqueciéndose a costa de sus hermanos y esquilmando sus países con el beneplácito de unos gobiernos occidentales más interesados en representar a los intereses empresariales que a las voluntades de sus ciudadanos. #Gobierno #Derechos Humanos #Corrupción