Hoy, 24 de Marzo del 2016, he emprendido un viaje de catorce horas en autobús desde Barcelona hasta París, recorrido que repito por tercera vez en un año —los dos anteriores se produjeron en marzo y agosto—, y jamás había experimentado una experiencia como la de hoy. La razón tiene un solo nombre: terrorismo. Y es que, desde que sucedieran los atentados en París el pasado noviembre y los recientes en Bruselas, cruzar la frontera Francesa ha dado un giro de 180 grados.

Francia vuelve a estar en alerta roja —pese a que últimamente no deja de estarlo—. En mis dos experiencias anteriores pisar suelo francés consistía en una efímera cuenta atrás, pero ahora es un proceso largo y pesado.

Todo permanece dentro de la normalidad en tierra Española. Tan sólo llevamos tres horas de viaje cuando vislumbro la bandera francesa ondear a unos metros: ahí está la frontera. Para mi sorpresa, está bastante desértica. El autobús pasa lentamente ante la mirada de dos agentes armados, pero no nos detienen. En ese momento pienso que el viaje será igual que las otras veces, pero no ha sido así. Ya en tierras francesas, recorrido un kilómetro desde la frontera, una zona habilitada con conos y vayas nos invita a detenernos a un lado de la carretera. Dos agentes de máxima seguridad, armados también, entran en el interior del autobús y nos piden que saquemos el DNI o pasaporte. Entonces, cada agente se coloca en un extremo del vehículo y examina a cada uno de los pasajeros de arriba a abajo, además de comprobar nuestra identificación. Puedo apreciar cómo a los miembros de la Unión Europea tan sólo nos hechan una ojeada, mientras que el resto es sometido a un exámen más detallado. Tras veinte minutos, los agentes determinan que todo está correcto y reanudamos la marcha.

Tras unas horas, el autobús hace una pequeña parada en Toulous. No nos dejan bajar a la calle a estirar las piernas, así que debemos permanecer entre las claustrofóbicas cuatro paredes. Observo entonces como a unos metros, en el párking de la estación, dos militares con metralletas piden a todos los conductores que abran el coche para poder comprobar su interior. Minutos después, el autobús sigue su camino. Lo más fácil es pensar que, llegados a ese punto, no habrá más detenciones hasta llegar a la ciudad de las luces, pero no ha sido así.

Tras once horas de camino, cuando París ya empieza a anunciarse en varios carteles de carretera, sufrimos otra detención en un área de servicio. De nuevo nadie puede bajar del autobús. Dos agentes, acompañados de un tercero que posee un detector de bombas, suben y nos piden la documentación por segunda vez. Sin embargo, en esta ocasión el trámite es más estricto para todos, pues nos arrebatan los DNI/pasaporte y se lo llevan al exterior para examinarlos uno a uno. Los minutos se hacen eternos, hay un silencio general en el ambiente. Tras media hora, uno de los agentes vuelve y reparte los documentos, gritando los nombres a viva voz como si de la lista de la escuela se tratara. Durante todo este tiempo, el detector de bombas ha estado haciendo su trabajo en el fondo del vehículo. Podemos seguir el viaje.

Y por fin llegamos a París y bajamos del autobús sin más retraso. Lo que más me impacta de todo es que, tata seguridad para entrar y tan poca en las líneas de metro. #Europa