Todo comenzó cuando a principios del mes de mayo en que la contaminación nos atacó en extremo, atribuía a la calidad del aire en  el D.F. la razón de mis malestares. He sido fumador desde hace 50 años, enemigo de tomar en cuenta las continuas recomendaciones de abandonar dicho hábito. Hubo necesidad de internarme en el hospital en el cual me hicieron estudios en detalle. Los resultados de los análisis de mi estado de salud hasta antes de ser recluido en la sección de Neumología no mostraban situaciones irregulares.

De entre tantos estudios realizados,  en la última sección anotada se procedió a evaluar el estado de mis pulmones. Luego de varios ejercicios simplemente se me preguntó “¿fuma Usted y desde cuándo…?”. Cuento con casi 70 años de edad y en mi interior me sentí como un delincuente que había confesado un delito grave: “casi desde hace 50 años  en términos de una cajetilla diaria promedio…”. Las pruebas de esfuerzo realizadas mostraron que mis pulmones estaban desgastados por encima de lo normal en proporción a mi edad, lo cual exigía hacer a un lado de un solo golpe el hábito anotado.

Me armé de valor y decidí en ese mismo instante apartarme de los cigarrillos. Cosa que se dice fácil pero cuando se lleva a la práctica se convierte en un infierno. Y es que sí, como me explicaron los doctores, el quitarle de pronto al cuerpo un alimento al que se le ha acostumbrado, el mismo se resiste y lo reclama. A ese proceso se le llama “abstinencia” y según la opinión médica, antes de que desaparezca paulatinamente, conlleva un promedio de aproximadamente 180 días.

Ahora mismo, escribiendo este artículo me viene a la mente el recuerdo de intermedios entre párrafo y párrafo para disfrutar el sabor y el olor del tabaco. En momentos siento mi cara sudorosa, mis manos temblorosas a más de una sensación de intenso frío.

Los miembros del cuerpo médico que me atienden además de ser por demás capaces, me atienden con mucho afecto pero de manera estricta. Traté de encontrar por respuesta un sí a la alternativa de que se me autorizara fumar por lo menos un cigarrillo al día, pero no hubo manera de convencerlos. En cambio me recetan medicamentos y alimentos que aumentan mi apetito. Percibo con más intensidad su sabor y olor, controlan mi irritabilidad, duermo mis 8 horas diarias en un marco de paz, elimino los gastos consecuentes de las compras de las cajetillas que los contienen, etc.

Deseo compartir con mis amigos y seguidores esta experiencia. Advierto que no soy puritano. Amo mi existencia y trato de extenderla en la medida de lo posible con calidad de vida y sin depender de ayudas.

Cada persona es dueña de su cuerpo y se debe respetar. Úsenlo, disfrútenlo, pero no se expongan a sufrir un enfisema pulmonar que afectará en mucho su vida convirtiéndolos en un estorbo y sufrimiento para aquellos que nos aman y nos rodean.

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