El verano mas ardiente de la historia moderna vasca. Arden las piedras en Castilla y el sol no da tregua tampoco al norte donde suele llover mas en esta época. Los caminos se empiezan a saturar de una plaga especial de coches que circulan en el gran contexto de la movilidad regional.

Las carreteras vascas son excelentes y cuestan caro, son así mismo bastante feas las estructuras contra el paisaje geográfico pero sobra exaltar su utilidad, sean o no fáciles de librar como rápido acceso a ciudades principales lo mismo en Guipuzcoa que en Viszcaya.

Hay buenos parkings en cada destino y por lo menos una extraordinaria atracción. En el caso de Bilbao trasciende el espíritu de nueva generación: el Guggenheim legitima la inmortalidad de las vanguardias. Quede en la niebla el hecho de que sean de esta zona las importantes instituciones que se integraron en la banca de finales del Siglo XX y luego han hecho socios por todo el mundo homologado. 

Cientos de turistas internacionales se agolpan en una fila que enfrenta el sol al medio día con el flujo del viento y la riada quebrados por una grabación sobre la cual interviene un raro encantador informal del violín. Pide limosnas al viajero. Toca la melodía de canciones americanas mientras arden las pieles de los aficionados al #Arte y a los buscadores profesionales de una satisfacción muy especializada. 

Este año nos llevamos una puesta en escena sobre Andy Warhol. No se trata de las piezas facilotas del neoyorquino, sino una muy difícil muestra de otros talentos que tenía Andy para llevar la idea de los conceptos más allá del arte, rumbo a las masas, e insertarlos desde la parafernalia en el planeta de la comunicación. 

Uno de los pocos vedettes de lo que vino tras la guerra. En un cuarto se nos presenta una pieza lúdica al estilo Yoko Ono. Las instrucciones son breves y no sobran cada grupo con sus selfies por doquier. Esta es la única sala donde se pueden hacer fotos alegremente. Mucha de la obra en este recinto es tan elevada que no se puede registrar ni transmitir. 

El museo consiste de una arquitectura arriesgada que principalmente nos dice acerca del modo como la belleza inmaculada tradicional de la extensión geográfica se rinde ante las formas de las mentes más avanzadas para excitar al mundo con la innovación.

Mediante un esfuerzo conjunto, la estructura habla de una labor de renovación de los canales que nos llevan a la apreciación del arte en los últimos tiempos. Los horrores de otros días quedan superados dando nicho al complicado tema contemporáneo en una Ciudad Capital que se yergue curtida de otros intereses mas mundanos en el entorno. 

Este ideal se reconoce cada vez que llega alguien al puente de la nueva ciudad/puerto...¡wow! Bilbao por cierto es sede de mas de una superlativa universidad y eso que no se planeo en conjunto, un estacionamiento directo al museo para facilitar las jornadas breves del intenso ir y venir de miles de forasteros.

Sea como sea hace décadas que se concibe la sociedad local como un pueblo avanzado e industrioso, lo cual explica el modo como se integra en contexto la obra de Richard Serra un auténtico laberinto de metal diseñado a propósito del Siglo XXI sobre las cenizas del furor comercial.

Vamos ligeros hacia planta alta. Ahí evaluamos el poder de la plástica de los grandes (nuevos) maestros. La obra sensacional nos pone a pensar mientras seguimos con la Escuela de París (1900/1945). Estamos tan cerca del los contemporáneos que podemos casi tocarlos.

En los pasillos hay muestras lo cual permite que cada quién se concentre en lo que más le llama la atención. Hay un piso intermedio con obra de Louise Bourgeoise y diversas muestras no tradicionales con videos o instalaciones dentro y fuera del concepto de museo.

Cerramos ante una de las tienditas más desarrolladas en cuanto a la muy especial bibliografía de boutique. Las referencias exteriores son referencia obligada de la refundación basada en la cultura  el turismo y el medio ambiente.  #internacional #cultura vasca