A mí me gusta la historia. Trato de aprender cada día más de ella, pero me cuido de confrontar y acercarme en la medida de mis posibilidades a aquellos conocedores profundos de la misma. A casi 7 décadas de mi existencia me doy cuenta que lo que realmente sé en torno a dicha ciencia en comparación con lo que existe en el haber de muchos grandes conocedores, resulta por demás relativo. Y es que es muy difícil encontrar a aquellos que además de ser eruditos procuran mantenerse en un bajo perfil y además tratan de cuidarse de no formar parte de una mayoría que busca imponer no verdades y que además por su apasionamiento estúpido lo único que logran es un pretendido lucimiento a costa de contribuir a deformarla o lo que es peor, a convertirla en novela.

Yo diría que existen varios grupos, a saber: el que contiene a pocas verdaderas autoridades en la materia pero que son celosas en el sentido de aparecer solo en escenarios reservados para pocas personas que están insertas en verdaderos centros de aprendizaje y tienen por objetivo principal escuchar, razonar y preguntar cuando es oportuno, para así aprender.

Otro grupo es aquel en el cual los que lo forman se exhiben como la última palabra. No se prestan a enriquecer sus relativos conocimientos, tratan de imponer lo que en su caso se asemeja a solo la punta de un iceberg por no haber decidido  sumergirse a  las profundidades a efecto de darse cuenta de lo complejo de un gran total y que además tienden a  resultar necios e impertinentes. Esto es común observarse cuando se organizan foros en relación con temas trascendentes por ejemplo en Facebook. No faltan los que además de ser inoportunos y hasta majaderos, hacen con sus acciones que los que desean aprender, terminen hastiados y prefieran abandonar el foro en cuestión. Resultado: frustración, enojo y hasta mal sabor de boca.

Existe otro grupo que a mi gusto resulta nefasto. Me refiero al de las editoriales. Es tal la avidez de hacerse de dinero al punto de ofrecer ejemplares de escritores de renombre pero solo con afán comercial para así jalar al comprador, no importándole a dichas empresas que su oportunidad de colaborar en beneficio de la educación basada en la verdad se haga de lado sustituyendo lo que hubiera podido ser aportación de calidad por solo amarillismo y basura.

A más de los grupos anotados podría mencionar a algunos más, pero creo que basta con esos tres ejemplos para caer en cuenta del por qué #México es tan pobre en materia de educación histórica. Por ello que las nuevas generaciones de estudiantes se resistan a que en los programas de educación se haga obligatoria la materia de una historia en la que ya no confían y hasta les causa enojo y burla.

Y ahora vuelvo a mi insistencia: mientras en nuestra nación no se construya una sólida plataforma de educación de calidad masiva, subrayo ma-si-va, los mexicanos estamos muy distantes de adquirir una real conciencia de nacionalidad. Para alcanzar esto, la promoción de nuestra verdadera historia se convierte en un factor determinante.

@ap_penalosa