El 26 de diciembre de 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas dejaba de existir, declarando de facto a los Estados Unidos como ganadores de la #guerra Fría. Solo tuvieron que pasar 25 años para que los norteamericanos se dieran cuenta de que la Segunda Guerra Fría había comenzado, y que esta vez iban perdiendo.

Sin dejar de sopesar cuestiones relativas a derechos humanos y democracia, el hecho es que la Federación Rusa ha pasado de ser aquel Estado fragmentado y en pleno colapso económico de los noventa, a un país en pleno apogeo económico y cultural, con una enorme influencia política y un poderío militar lo suficientemente grande como para diezmar a un continente. Y esta última parte de la década, las cosas no podrían ser mejor para los rusos.

Además de las conjeturas que podamos hacer respecto a la intervención Rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas y en el Brexit, más allá de la dependencia energética de Europa hacia su vecino cosaco, aún más allá del atrevimiento de #Putin de re-dibujar el mapa Europeo por medio de una invasión en pleno siglo XXI, la realidad es que no es la fortaleza de #Rusia la que la pone a la cabeza, sino la debilidad de sus oponentes.

La Unión Europea enfrenta un año de grandes retos. Las negociaciones del Brexit podrían comenzar en verano, la derecha podría triunfar en Francia (lo que daría paso a una posible salida Gala del bloque continental), y tras el referéndum constitucional italiano, Europa se podría quedar sin tres de sus cuatro principales economías. Una Europa unida representa una fuerza de consideración contra la avanzada rusa, una Europa dividida terminaría eventualmente sucumbiendo ante su vecino del este.

Estados Unidos sigue y seguirá siendo por un tiempo el país más poderoso del mundo, nadie dirá lo contrario. Pero, y por lo menos durante cuatro años, Estados Unidos podría pasar de ser una hegemonía global incuestionable a un chiste que nadie parece realmente comprender. No se debe olvidar olvidar que Donald Trump es el presidente electo de los Estados Unidos, y que su política sigue y seguirá siendo caótica. A solo unos días de tomar posesión, el presidente electo se enfrascó en una disputa con sus propias agencias de seguridad acerca de la veracidad de un asunto que lo relacionaba con prostitutas y otros asuntos controversiales.

Lo que se viene

Rusia ha demostrado ser un influencer cultural, económico y político que busca recuperar el papel de súper potencia que gozó durante los 50 años posteriores a la segunda guerra mundial y hasta la caída de la Unión Soviética. En retrospectiva, Rusia ha logrado consolidar su nuevo modelo político a la Putin, ha puesto un alto al expansionismo europeo de paso recuperando Crimea, impulsó un proyecto de paz en Siria que podría terminar la peor guerra de la última década, y ahora queda de frente a unos Estados Unidos sumergidos en un caos político sin precedentes.

Con elecciones presidenciales a solo dos años y en el centenario de la revolución que terminó con el Imperio Ruso y con la dinastía Romanov, a la Federación Rusa sólo le queda aprovechar el momentum y buscar cerrar la década a la cabeza de la segunda guerra fría de la que nadie habla y de la que solo los rusos parecen estar conscientes.