De pronto, a la mitad del desierto, hay que verse en la fotografía social. Por encima de nuestras aspiraciones, en términos generales, somos entes con poquito tiempo prestado para experimentar las mismas etapas moderadas por el organismo. Evocamos con rituales este proceso, con fiestas, conciertos, bebiendo y dando brincos en los carnavales.

Llegamos por coincidencia al #Puerto de Guaymas para encontrarnos con la identidad popular. Ciegos con nuestras aires de ciudad poco prevenimos la envergadura de los rituales al interior, que no sean la cuaresma y la celebración de las fiestas patrias. Lejos de la navidad la metrópolis se traga las tradiciones ligadas a la tierra.

Tampoco sabíamos que en esta región el servicio de taxi escasea y ni usando Google fue posible prevenir el camino hasta las playas a lo largo de San Carlos. Montamos un bus que nos lleva hasta ahí y luego estuvimos una hora en el suspenso buscando un método para llamarle al taxi.

Cien pesos más adelante anonadados por la cantidad de construcciones nuevas comiéndose la geografía; nuestro viaje comenzó en un hotel de proporciones gigantes. Alejado completamente de la civilización, el enorme inmueble era del estilo que busca saciar un turismo de sol, alberca y playa.

Cascadas interiores, cuatro restaurantes, una alberca con juegos para los niños y el paraíso del desierto ante nosotros.

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El día se hace corto y pronto comienza a hacer un diabólico frío en la montaña, nicho de una serie de residenciales colindantes que comparten el rincón del mar.

El carnaval a 500 pesos de distancia se nos antoja cuando en la noche se siente una energía de abandono invernal. La suite muy elegante te atrapa con su tina de cualquier manera y existen otras actividades como masajes y un ambiente dudoso de bar o restaurante internacional.

Al día siguiente Guaymas nos entretiene con su Carnaval. Hacemos la escala en un hotel express con una vista magnífica de la montaña en las afueras del puerto. Una avenida principal lleva hasta el mar. Ahí se había montado un despliegue fantástico de juegos mecánicos.

La plaza de los tres presidentes, la pequeña iglesia, el sabor del comercio a corta distancia, le dan a Guaymas un aire menos aburrido. Heroica como se ha nombrado, la villa descansa en un bullicio que comienza a prenderse a las 3 o 4 de la tarde durante 5 días ininterrumpidos.

El flujo de los coches se detiene y surgen las masas que atesoran el secreto de la coyuntura entre la naturaleza y el tejido social.

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Estás atrapado; si no te pones vivo te quedas sin ver el desfile que se anuncia en el ambiente con sonidos solamente explicables por el mega uso de bocinas y aparatos de sonido.

Vienen en carros miles de lugareños en disfraz. Montan remolques que sirven de tarima para cientos de hombres y mujeres representando una aristocracia bailarina. Los niños se la pasan bomba aventando huevos y acercándose al los coches para rayarlos con una espuma en aerosol.

No se ven muchos turistas bronceados; por el contrario testimoniamos un tipo de mexicano que mide más de 1 80 metros de estatura. Escuchamos comentarios así mismo de muchas esculturales reinas que no necesariamente son anatómicamente mujeres.

Vimos pasar alegorías griegas, faraónicas; de payasos y pasaron jóvenes con vestidos sensuales con relucientes diseños. Mas tarde en varios foros se presentaron variados conjuntos de música y baile. Frente al Palacio Municipal el folklore, ante Elías Calles, Rodríguez, de la Huerta onda tipo rock y orquestas de música latina. #turismo cultural #crónica de sonora