No señorita no estamos locos... ¡queremos un pasaje a la #Bahía de Kino! Que no, no vamos para Guaymas, sino para el otro horizonte rumbo al Mar de Cortez. Por fin, tras breve explicación, el taxi en Hermosillo nos deja en la estación de camiones y camionetas que van al rumbo que deseamos.

Como esperábamos existe un ritmo de viajeros. Lo que ignorábamos es que la mayoría de los residentes a la que han construido a lo largo de las playas traen su coche y sugieren un tipo de turismo que convive con una visión del urbanismo que ha explotado el territorio hasta el límite de cerrar el paso al mar.

Hay muchas poblaciones en el camino.

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Hacemos el viaje con riesgo pues se nos confunde con otro tipo de turista que se hospeda en los edificios nuevos y viene directo de la frontera a 200 km. Las carreteras van llenas... se van acabando los coches cuando te acercas a la bahía. El hotel estaba en plena remodelación y para llegar al Museo Seri fue necesario esperar 2 horas a que estuviera disponible el coche del hotel. Si de por sí pocos llegan al poblado, menos aún se siguen hasta Nuevo Kino donde está el pequeño recinto con las obras del Siglo XXI.

Por todo el camino se nota el desarrollo inmobiliario bordeando el litoral. No hay otra cosa y dudamos con la teoría del calentamiento global, porque nos parece que sería un fraude vender tanta construcción tan cerca de un mar que podría deglutir hectáreas completas en breves décadas.

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No hay mucha gente en el museo. El silencio lo rompen unos cantos que surgen de una vídeo instalación. Ahí corre un documental temática acerca de los indígenas en la región de Sonora, Chihuahua y Nuevo León. Muchos, no sabíamos, descendientes de tribus desplazadas por USA.

A corta distancia se registran aún estos grupos con raíces distintas de la visión mesoamericana. La prehistoria se desmarca permanente en el plano de nuestra identidad como resultado de la evolución del organismo viviente que es el planeta en el concierto de los astros. Hay una mínima colección de artesanías que se trabajan por estos expertos en el uso del palo fierro. Lamentablemente no hay otro tipo de souvenir o bibliografía a la venta. Cruzando la costera la línea con el mar. Se ven múltiples embarcaciones que hacen provecho del gran acuario entre Sonora y Baja California.

Es muy obvio que requerimos instalar plantas que aprovechen el imponente impacto de los rayos solares. En general pese a su desbordamiento, este tipo de puntos geográficos no han sido tan explotados y sus playas se abren apacibles a otra convivencia con las fuerzas al interior de la tierra. Alcanzamos a caminar por Kino que está pletórico de restaurantes.

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Jugar con las olas queda como una seducción pues tras el ocaso las calles quedan vacías. Anticipando el interés vacacional de la Bahía, el hotel transita hacia una oferta donde el concepto es no salir de la alberca. De regreso hace falta esperar a que pase cada hora el transporte que necesariamente lleva a Hermosillo.

Si señorita no es una locura, un transporte directo a Guaymas, luego descubrimos que el problema es el no saber si existe siquiera esa carretera. A la luz del día se descubre que las calles no están pavimentadas y las construcciones son aveces improvisadas. Hay una iglesia y un pequeño parque a la mitad de la villa con su gimnasio y juegos infantiles. Se siente un ambiente familiar y la paz imperante del desierto haciendo una frontera de fuego con aquellos quienes buscan una conexión contemplativa con el medio ambiente. #turismo cultural #crónica de sonora