Polvo. El estruendo de los metales. Más polvo. En la oscuridad de un día soleado, un hombre apenas distingue sus propias manos mientras descubre que se encuentra bajo los escombros de su negocio. Desorientado y con temor, Miguel no alcanza a entender la magnitud de lo que ocurre. El sonido de las ambulancias y los gritos en la calle aquel 19 de noviembre de 1991 no le auguraban nada bueno.

El peor accidente ferroviario de Latinoamérica había ocurrido en México

A golpe de riel, un tren de 14 vagones cargados con sorgo y cemento entró a la ciudad de Tehuacán a casi 230 kilómetros por hora. Sin frenos. La #tragedia.

Su mente cuerda guarda aún el rechinido de los fierros y una escena con los vagones por el aire antes del horror de ese mediodía.

Anuncios
Anuncios

La oscuridad es inminente después del extenso ruido, del tormentoso crujir del acero. Arrinconado en una de las paredes de su taller de automóviles y con un techo provisional devastado encima, Miguel, un hombre de complexión delgada y peinado al estilo John Travolta no puede pronunciar palabra alguna. Sus manos no paran de temblar y su corazón agitado no encuentra alivio. A dos metros de distancia ha quedado un vagón descarrilado que el destino impidió le quitara la vida. Quiere moverse: no puede; quiere gritar: no puede; “es el fin del mundo”: no sabe.

A unos 250 kilómetros al Sureste de la capital mexicana se ubica Tehuacán, una ciudad que une las tierras del valle de Puebla con la costa de Veracruz en un interminable terreno que atraviesa plantíos de café, caña y brechas semiáridas del árbol de guaje.

Anuncios

Una zona donde la muerte ha encontrado cobijo gracias a un ferrocarril sin rumbo, sin mantenimiento, desprevenido por los responsables y solapado por sus conductores.

El tiempo es imperceptible debajo de las ruinas, y Miguel, que apenas tiene espacio para respirar boca arriba, lucha contra el concreto y los metales que le han venido encima, pero su deseo y fuerza son más cuando la luz del día está de nuevo tan cerca. Apenas un dolor en las piernas le impide emerger a la tragedia de su alrededor; de su negocio, al que él mismo nombró ‘Taller Veracruz’ no queda nada ni nadie.

Casi (milagrosamente) ileso, en medio de la catástrofe, Miguel sabe que el tren que cruza la ciudad ha detenido su marcha en una curva pronunciada, causando muerte, terror y desolación por todos lados. Lo que en realidad no sabe es cómo pudo haber ocurrido algo de esas magnitud. Corre, corre lo más que puede.

–¡¿A dónde vas?, ¿qué te robaste?!–, le grita uno de los socorristas que ha llegado al lugar de la tragedia en minutos.

Anuncios

–No, nada. Este es mi taller mecánico y tenía nueve carros aquí. No voy a poder pagar los daños–, le dice Miguel al uniformado con mucha dificultad al hablar, mientras emprendía la huida.

–¡Hey!, no, no, no. Este es un accidente federal, tú no tienes que pagar nada, tiene que pagar ‘Ferrocarriles Nacionales’­–, le replicaron a gritos.

Si esas palabras fueron de alivio Miguel hizo lo correcto, asentó la cabeza y su cuerpo cargado de adrenalina apenas encontró un ligero alivio que lo hizo desvanecer nuevamente entre una nube de polvo que se niega a aplacarse. Un bullicio alternado cada vez crece más y los gritos, muchos de dolor, otros de impresión no terminan por distinguirse.

El hombre que repara autos en Tehuacán no sabe por qué este tipo de cosas ocurren, o por qué le ocurren a él, justo a él.

Miguel es quien entre las uñas de sus manos guarda grasa de los motores y mangueras con las que ha convivido desde que era un adolescente, ni siquiera lavarlas con un poco de thinner disimula lo pesado de su trabajo. Es uno de esos tipos que usa camisas abiertas hasta el ombligo, mientras regresa a los restos de su taller, ahí donde él mismo pintó las paredes y construyó un nicho para albergar la imagen de la Virgen de Guadalupe, aguanta las ganas de llorar y aprieta los puños como reacción a su impotencia.

El ‘Taller Veracruz’, en donde todos los días se escuchaba música tropical para amenizar la jornada laboral de algunos muchachos, todos aprendices del oficio mecánico, está desecho. Pero lo peor aún está por venir.

Intenta caminar sin arrastrar su pierna, no quiere que nadie sepa que lo ha perdido todo ni que un vagón estuvo a punto de sepultarlo. Camina entre una multitud de hombres, mujeres y niños, todos enloquecidos, ensangrentados; camina con el seño fruncido por el dolor y aprieta los dientes, aunque una de sus coronas bucales le provoque sangrado en la encía. Miguel sigue caminando.

No sabe dónde inicia y dónde termina lo que alguna vez fue su taller, sólo sabe que está ahí, parado. –¡Mai!, el Toño está acá abajo­–, le grita uno de los chalanes (auxiliares) que apenas venía con rumbo al taller cuando localiza a otro mecánico que quedó sepultado. Miguel corre como puede y entre los dos remueven los escombros.

–¡No, no no!–, grita Antonio, el hombre debajo de las láminas y tubos que tiene rota la clavícula y varias costillas. –¡Aguanta mijo!–, le dice Miguel al joven.

–¡¿Y el ‘Chino’, dónde está el ‘Chino’?!–, le grita Miguel a su valiente auxiliar. –Se murió jefe, se murió–, contesta consternado el muchacho de 17 años que sabe que su compañero de trabajo no regresará nunca a la Sierra Negra de Puebla, ahí donde los caminos huelen a tierra mojada, a café de olla, a tortillas de mano, ahí, de donde era originario.

Miguel es mezcla, mezcla de coraje, de miedo, de inexperiencia. Se lamenta recargado en lo que alguna vez fue el muro principal de su negocio, un paredón que tenía grabado los servicios de afinación, cambio de bujías y ajustes de motor que él ofrecía.

Miguel llora. Sigue llorando.

Algo no anda bien

El tren rotulado con el número 9130 jamás será olvidado en una ciudad eternamente herida. Proveniente de la provincia de Esperanza (Estado de Puebla), la máquina perdería los frenos unos kilómetros después de su salida, el conductor y los demás miembros del furgón han logrado lanzarse en una pendiente a más de 80 kilómetros por hora. Jamás se supo de ellos.

Vagón a vagón, rueda a rueda el camino sigue para un tren olvidado en acción. “Era un demonio”, el soplo de la velocidad movía todo. “Sabía que iba a pasar algo muy malo”, dice Alfonso, sentado afuera de lo que fue la antigua estación de Peñafiel y que ahora es su hogar.

Tiene en esta vida 90 años y su mente permanece fresca, intacta, mucho más sobre aquel martes de muerte. No ha escuchado, veinte años más tarde, un ruido tan fatídico como el de aquel día; un olor tan amargo como ese; un sentimiento tan encontrado como el que vivió.

Cuando se es trabajador ferroviario el día comienza temprano, pero la responsabilidad se mantiene hasta tarde. Alfonso aguarda su turno, son casi la una de la tarde y asoma debajo de la vía alterna en un vagón averiado. Del otro lado, la vía principal, donde circula toda la carga pesada que llega a la ciudad le anuncia a lo lejos una parada que atender.

El metal vibra ligeramente y un ruido crece conforme se acerca el nuevo embarque. El entonces administrador de la mítica estación de Peñafiel (referencia multiconocida a nivel mundial por ser dispensadora de la planta de agua embotellada del mismo nombre) yace tirado debajo del vagón en reparación. Sigue trabajando, pero esa vibración en los rieles tiene algo extraño.

“Yo conocía el trabajo, lo hacía todo los días, quise no poner atención. La vibración era normal porque estaba cerca, hasta que me di cuenta que la máquina no pitaba”. El escenario era extraño, nada anunciaba la entrada del furgón cargado.

Sin mucha reacción de parte suya Alfonso apenas asoma la cabeza para ver a qué distancia se ubica el tren. Lo que no había hecho antes lo hace ante sus temores: se levanta y sale del vagón alterno a toda velocidad, apenas se incorpora la máquina en camino le muestra su máxima velocidad, un aire de esos que derriba cualquier cosa parece que se queda permanente. Alfonso no deja de tambalearse ni de mirar el paso del tren, sus ojos y boca entreabierta son de extrañamiento, son también de miedo.

Los segundos que acompañan el trance de Alfonso acaban. Ajusta apresurado su gorra, de esas clásicas de ferrocarrilero; corre al interior de la estación, aunque en realidad no sabe para qué. Anota, el número de tren primero: 9130. Luego, la hora: 12:43 p.m., en la bitácora esas son las únicas letras que han quedado registradas para ese día… Y se hizo el ruido.

A lo lejos, seguramente Alfonso no puede apreciar un montón de fierros chocando entre sí, lo que puede es escuchar los clamores, el pánico y la destrucción en carne propia; es una huella profunda de la mayor catástrofe de la ciudad para muchos. Anonadado, asoma desde la estación de tren que no puede abandonar por nada. Su cara parece más seria de lo normal; ya sabe lo que ocurrió: su mente vuela y vuela.

El terror agobia a Tehuacán con risa de monstruo. –¡No me importa, me voy!–, le alcanza a gritar Alfonso a uno de sus compañeros de estación dentro de la oficina. –Pero no te puedes ir–. –Sí, sí me voy–, contesta. Quiere volar, no puede.

A unos 500 metros de la estación, una curva prominente traiciona el andar del tren de la muerte. A su paso, los 14 vagones terminan retorcidos llevándose todo a su paso. Un autobús del transporte público y varios autos más quedaron dinamitados. Desechos. Nunca existieron.

Cesa y corre, baja la velocidad, pero no se detiene. Alfonso sabe que en la zona de desastre hay escuelas, casas y comercios. Lo sabe muy bien como cualquier otro tehuacanero que ubica su cuna y su casa.

La máquina (que en México coloquialmente se le nombra ‘La bestia’) mató hombres, mujeres y niños. No supo de democracia ni de perdones. Mató, sencillamente dejó sangre y cuerpos despedazados en el mejor de los casos. Hubo muchos que nada supieron jamás de sus familiares, sólo lágrimas y recuerdos, no hubo despedidas ni adiós. Nada.

A un kilómetro de la nube provocada por el sorgo y el cemento esparcidos en el aire poblano se encuentra la estación de Bomberos y Protección Civil.

Brazos, piernas, dedos. Toda la fisonomía humana es posible encontrarla en un mismo lugar, como una planilla del cuerpo pieza por pieza.

Cuando Alfonso llega al lugar sus ojos están ardiendo por el polvo. Su complexión, que no es otra más que la de una persona mal alimentada por el trabajo, le pasa factura, ya no puede correr más, pero él está decidido a ayudar.

Alfonso usa bigote porque su abuelo lo utilizaba, luego su padre y ahora él. Es un clásico ferrocarrilero: pantalón de vestir, camisa cuadrada y tirantes. Es un hombre de inicios del siglo XX, impecable. Eso ahora es lo que menos le importa.

¿Qué se hace en casos como estos? Alfonso no sabe. Su reacción al ver tantas personas muertas es de locura.

En su lapsus de impresión abraza a un niño muerto que estrelló su pequeño cuerpo en la pared.

–¡Ayúdame, ayúdame!–, le grita Alfonso desesperado a un hombre que también llora afligido sobre unos escombros a la distancia: es Miguel.

Miguel corre cojeando.

Uno y otro hombre se encuentran delante del cuerpo de un pequeño que ha muerto al instante en el lugar. Lo hizo sonriendo y bien peinado porque iba a la escuela. Lo hizo con su mochila atada a sus brazos y espalda porque nunca imaginó que aquel día Miguel y Alfonso serían los primeros en despedirle de este mundo. No hubo llanto de mamá, no dio tiempo de una bendición. Otra vez, nada.

Aún muchos años después, los dos hombres recuerdan el día fatídico de sus vidas como si hubiera sido ayer; ninguno sabe –o quiere saber– a ciencia cierta qué ha pasado. Los dos, en cambio, lloran por la desgracia de su tierra, de su gente, de ellos mismos.

Siguen llorando.

Más allá

El martes 19 de noviembre de 1991 el tren marcado con el número 9130 provocó una de las mayores tragedias ferroviarias del mundo. Aquella ocasión se contabilizaron más de 300 muertes y una cifra menor de heridos y desaparecidos. Las actividades del 20 de noviembre (Aniversario de la Revolución de Mexicana) fueron canceladas y México dictó luto nacional. Al día de hoy, la vías fueron retiradas a las orillas de la ciudad y en el lugar de la tragedia reposa una placa como homenaje póstumo a las víctimas. #trenazo #tehuacan