Pasa desde siempre y, si bien a medida que pasan los años vamos aceptando la igualdad, el caso es que, de momento, si un hombre es promiscuo pues poco pasa, más bien le otorgamos el título de Don Juan y no sólo los hombres, sino las propias mujeres, pero si es la mujer la que practica la promiscuidad ¡¡Ah!!, no, ahí la cosa cambia y nos faltan calificativos, el más suave sería voluble, pero podemos decir o pensar cosas más feas acerca de ella, sólo por el hecho de ser mujer parece ser que no puede tener los mismos deseos que el hombre, que se debe retraer, moderar o frenar.

¿Tan hipócritas podemos llegar a ser en realidad? ¿Qué es eso que nos da derecho a catalogar a uno como el listo, el Don Juan, el que tiene derecho a todo y la mujer no? ¿Qué la hace diferente si en realidad la diferencia radica en el sexo? Ella es mujer y yo hombre, yo me acuesto con cuantas se me da la gana y puedo ser el macho cabrío, ahora, lo hace ella y la señalamos con el dedo y es esa mujercita fácil, la flojita, la putilla o quien sabe qué más se puede pensar de ella.

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Lo curioso es que las mismas mujeres lo condenan de la misma forma, aunque puedan pensar por dentro que en el fondo ellas mismas lo harían con el mayor de los gustos, pero seguimos en pleno siglo XXI con etiquetas, con falsos pudores, que poco a poco caen pero que están allí, que siguen poniendo al hombre en un sitial de preferencia que no se merece y, cuidado: hablo siendo hombre pero no ciego, ni hipócrita, ni falso, jolines, hablemos de una buena vez de forma sincera, no nos diferenciemos ni nos engañemos más, "ellas" están por encima de nosotros y no como pasa hasta ahora, que las despreciamos o las radiamos si se comportan como nosotros a la hora de seducir o, digámoslo claro, a la hora de irse a la cama con alguien.

Si nosotros cambiamos de pareja como de camisa, el comentario es sencillo y hasta diría que infaltable: ¡Cómo seduce Don Juan!, vamos señores, gracias por halagar mi promiscuidad, no hacía falta, ahora, es María la que cada noche se lleva un hombre a su lecho y mejor ni pensar, mínimo es una cualquiera, una perdida, una mala mujer, una livianita de cascos y, ya puestos a calificarla, no faltará el que afirme que se dedica al oficio más antiguo del mundo.

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Si lo miramos detenidamente, eso es cinismo puro y duro.

La evidencia de que no hemos avanzado nada o casi nada en este sentido nos rompe la vista, estamos aún tan lejos de perder la referencia del patriarcado, tan lejos de vernos como iguales, tan, pero tan lejos de sincerarnos, de comprender que si bien la mujer tiene la maravillosa capacidad de engendrar, de crear vida, también tiene igual o más que un hombre el deseo, el morbo, la lujuria, esa tentación de sentir la piel del otro, el roce de sus labios, vamos, lo digo de un modo suave pero que bien se entiende, esas ganas iguales que el hombre de hacer el amor y a veces no precisamente con su pareja.

Entonces, ¿por qué la seguimos y se siguen estigmatizando? Porque hay que reconocer que las mismas mujeres suelen ser la mar de críticas con su propio género y muy livianas a la hora de juzgarnos a nosotros y normalmente con la famosa frase "bueno, pero él es hombre".