Fabián Barrio lo tenía todo. Vivía bien y trabajaba para una empresa que no hacía más que crecer. El éxito le sonreía y él mismo era "una máquina de hacer dinero". Pero un día pensó que había algo que no podía compensar todo el dinero que estaba amontonado. Y era el tiempo, el tiempo que se le escapaba de entre las manos mientras dedicada su vida a un trabajo que hacía sin pasión y que no le proporcionaba nada más allá de lo material.

Así que un día en que miraba sin nada que hacer el techo de su habitación empezó a hacerse con mapas y trazar posibles viajes imaginarios. Ese fue el principio. Pronto esos viajes se harían realidad.

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No hacía aún mucho que se había pasado a la moto. De hecho tampoco lo había pensado nunca hasta que, inmerso en uno de los habituales atascos de una de las vías de circunvalación a Madrid, la M-30, vio como las motocicletas sorteaban con facilidad a los coches. Al principio no lo llevó bien. La moto le daba miedo. Se sentía demasiado frágil en esa jungla de camiones y coches. Pero pronto empezó a darse cuenta de que la motocicleta proporcionaba otra cosa: una mayor sensibilidad hacia el exterior, hacia el mundo, hacia el calor, el frío, la lluvia, el viento, y también hacia las personas.

Fue en 2010 cuando decidió por fin cortar con todo y salir hacia la aventura. Primero atravesó la vieja Europa siguiendo los vestigios de las grandes guerras. Luego se adentró en Rusia y las repúblicas exsoviéticas.

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Cayó al Asia Menor y de ahí a India, Nepal y China. Descendió hacia el sudeste asiático que recorrió casi completamente y de ahí a las islas, Indonesia, Malasia y luego Australia. En su viaje Fabián terminó por recorrer los cinco continentes. Desde Argentina llegó a México y luego cruzó el océano para llegar a África, que atravesó de este a oeste.

Sus experiencias están narradas en el libro "Las mejores rutas por el mundo en moto" que hace poco ha salido a la venta. Fabián planificó su viaje para estar siempre en verano, y en el plazo de dos años en que recorrió el mundo estuvo siempre en verano perpetuo. Tenía normas: no conducir de noche, cumpliendo una promesa que le hizo a su abuela y no hacer más de 200 km. al día para poder saborear la vida y conocer los lugares por los que cruzaba. Todo esto lo explica en su libro, para que otros puedan seguir sus pasos. #Vacaciones