Es Germán Valdés uno de los principales íconos de la cultura popular mexicana, sea por su talento cómico, su natural histrionismo actoral o por su faceta como cantante, que logró por 30 años permanecer en el gusto de la audiencia de su tiempo y ocupar el lugar de ícono en las generaciones a las que precedió.

Tras su célebre personaje de vestimenta amplia, sombrero y zapato de charol, rinde homenaje a una actualidad de mediados de siglo XX, encarnando así al marginado “Pachuco” quien, como escribiera el Nobel mexicano de Literatura, Octavio Paz Su disfraz lo protege y, al mismo tiempo, lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe” (El Laberinto de la Soledad, 1950).

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Y es que este personaje nace en el momento en que se dice Pachuco, sin que quedara demostrado que lo fuera, por el contrario, es sólo un Pachuco de apariencia y lenguaje, pues intenta revindicar a aquel, reconociendo su origen mexicano, mientras evade la violencia o segregación a que este vocablo refiere.

El nacimiento artístico de Germán Valdés, como personaje e ídolo, sucede en 1938 cuando encarna al Pachuco Topillo Tapas, personaje creado por el empresario Pedro Meneses. Pero tras algún tiempo sin ingresos considerables, Germán decide cambiar de nombre por Tin Tan, el cuál sería recordado tanto como su persona misma. Gracias su amplísimo dominio del “spanglish”, aunado a aquella inicial personificación, es que nace la leyenda del Pachuco de Oro.

Sin embargo, y lejos de encarnar a un pachuco en la estricta connotación, las películas célebres de Tin Tan muestran un personaje que aparenta violencia siendo completamente ajeno a ella.

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Así lo vemos en El Rey del Barrio, para muchos, de los mejores filmes del cómico junto a Calabacitas tiernas, Músico, Poeta y Loco; La Marca del Zorrillo; El Campeón Ciclista, El Vagabundo; El Violetero o El Ceniciento, entre otras tantas.

Y es en el resto de esta lista donde se muestra la capacidad de Germán Valdés para actuar, pues sus personajes van de un extremo a otro, personificando epopeyas de la literatura universal o mitos y leyendas del antiquísimo oriente. Es de resaltar esta habilidad de Tin Tan para dar la particularidad a cada personaje; sin olvidar que a la vez que ayudó a otros actores a alcanzar la fama, él también se hizo arropar por gente que colaboraría con él en la mayoría de sus películas y que le servirían de comodines para exaltar sus dotes artísticos.

Así, su inseparable amigo y carnal Marcelo, a veces antagónico y a otras patiño; Famie Kauffmann “Vitola” casi siempre su mal correspondida enamorda; o José René Ruiz “Tun Tun” en el papel de un patiño insubordinado, hacían la ambientación perfecta para que Germán brillará de todas posibilidades, ya sea actuando, cantando e incluso bailando; como en la célebre escena de El Violetero, donde al compás de un paso doble recrea todo un ritual taurino junto a Tun Tun.

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Incluso, otra escena clásica del #Cine mexicano es aquella en que Germán alterna con Pedro Infante en También de dolor se canta, película protagonizada por este último.

Como actor, cantante y humano, llega el momento de una decadencia, y sin ser la excepción, hacia principios de los años setenta Tin Tan hizo papeles secundarios que ya denotaban su declive artístico y hasta personal. Nada célebre para recordar de sus últimos trabajos. Por eso la Época de Oro del cine mexicano se llama así, gracias también a que Germán Valdés colaboró con su talento y su entrega, donde, a decir de quienes lo conocieron, su contemplación por la naturaleza, el mundo y su calidad humana lo hacían aún más admirable.

Ahora que se cumplen cien años de su natalicio es un buen momento para recordar que, aunque muy diferente al público de hace medio siglo, la admiración y respeto por Tin Tan como un ícono cultural que marcó y marcará generaciones, sigue siendo tan actual como lo fue en su mejor época, cuando del extranjero llegaba a raudales el capital para producir sus películas.

Larga vida al recuerdo y reconocimiento del Pachuco de Oro. #Cultura Ciudad de México