La exposición “El Estado de las cosas”, montada en el segundo piso del Foto Museo Cuatro Caminos, presenta un recorrido visceral de la violencia en México. Guiado por fotografías y algunos videos, el espectador se introduce en un vorágine de violencia que termina por dejarlo aturdido y trastornado. 

Tras una antesala sobre los efectos colaterales de la violencia y diversas fotos de grupos armados, el espectador se encuentra ante un par de pantallas que muestran videos que se reproducen uno tras otro y exponen diversos casos de violencia. A partir de esta parte y hasta el final del recorrido el sonido continuo de los videos se convierte también en un elemento perturbador que mantiene a los visitantes en un estado alterado.

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Una de las fotografías que más llama la atención en esta parte muestra a una mujer, aparentemente perito, mientras levanta una sábana y deja ver ligeramente un cuerpo sangrante que yace en el suelo; de fondo, como si todo lo que pasa al frente no importara, puede verse una  playa de Acapulco, llena de turistas, con sombrillas de todos colores, gente refrescándose en el mar, el cielo despejado; parece un lindo día de vacaciones.

Más adelantes una serie de imágenes muestra diversos enfrentamientos entre granaderos y manifestantes, los cuales se llevaron a cabo en el centro de la ciudad de México durante el 2014, cuando el descontento generalizado por el caso Ayotzinapa despertó la ira del pueblo y generó diversos conatos de violencia.

A pesar de mostrar algunas escenas fuertes, hasta antes de llegar a la última parte la exposición puede recorrerse con cierta tranquilidad, con mirada crítica y observando con calma los detalles de las más de 200 fotografías que componen la muestra.

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Pero en la sección final el golpe visual y el montaje teatral terminan por asestar un último golpe de efecto que deja a los espectadores fríos. En una sala de estructura cuadrada todas las paredes están tapizadas del suelo al techo con fotos que muestran diversas ejecuciones y cadáveres. En la pared frontal se aprecia un cuerpo decapitado y al lado la foto de una cabeza de animal. Del lado opuesto huy una fotografía de un perro en actitud de ataque, sus rostro es feroz, casi tenebroso. En el suelo hay más fotos, ordenadas en dos hileras, cada una de la cuales está marcada con líneas amarrillas, parecidas a las que utiliza la policía cuando acordona lugares donde se encontró un cadáver. Si esto no fuera suficiente, del techo cuelgan fotografías que muestran cuerpos colgados en puentes.

Una de estas fotografías es la célebre  “Colgante” de Guillermo Arias, con la cual ganó el premio del POY Latam 2013. La foto, tomada en 2011 a las afueras de Tijuana, muestra el cuerpo de un hombre que cuelga de un puente,  la toma es oscura, pero puede apreciarse de fondo el contraste de las luces de una patrulla y un policía que apunta con una linterna en dirección al cuerpo.

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En medio de las fotografías destaca un primer plano de un hombre con lentes oscuros, quien lee un periódico y sostiene un arma. En el titular del diario puede leerse claramente “Sangrienta muerte”. Otra fotografía que llama la atención muestra a un hombre sin vida en el suelo, entre el cuerpo y la cámara se interponen un micrófono de una cadena televisora y una grabadora de mano, como si buscaran entrevistar al muerto.

En la salida, las últimas dos fotografías pretenden editorializar la muestra con el constaste entre los ‘beneficios’ material de pertenecer al narcotráfico y sus previsibles consecuencias. Por un lado el cuerpo desangrado de un hombre, aparentemente sin vida, que es levantado por un grupo de militares; la otra es una medalla chapada en oro en la cual puede verse un mapa de México y frente al mismo una enorme “Z”.

Al dar la vuelta y descubrir que al fin la pesadilla terminó, en lo único en lo que uno piensa es en salir lo más rápido posible de ese lugar, respirar otro aire, olvidarse un instante de tanta muerte. Pero no es tan fácil. Aquí es donde vivimos.

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