La exposición “El Estado de las cosas”, en el Foto Museo Cuatro Caminos, deja a los espectadores una ambigüedad de emociones difíciles de trasmitir. Cuando terminan el recorrido la mayoría de las personas se detiene un momento, como si quisiera hacerse consiente de que al fin termino la tortura, parece que quisieran mirar a otro lado a cualquier cosa.

Pocos se animan a decir o compartir algo sobre su experiencia, yo no insisto. Cuando ven acercarse a alguien para preguntarles qué les pareció la exposición o qué piensan de la misma, la mayoría contesta de forma seca que por el momento no quiere hablar y salen rápidamente de ahí.

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Parece que las palabras se atoraran en la garganta. Da la impresión de que ante tanta violencia sobran las palabras, las imágenes avasallan, no dejan mucho espacio al discurso.

“Es terrible”, comenta a secas una señora de aproximadamente cincuenta años. No especifica si se refiere a la situación de violencia del país, a la exposición o a las dos cosas. Repite “es terrible”, como si hablara para sí misma y se queda callada. “No sé qué decirte, me dejó sin palabras. Creo que necesito tiempo para pensar en todo, ahora no se ni qué decirte”.

La confusión parece general. La fuerza de las imágenes, la teatralidad del montaje, el ambiente opresivo de la sala, no construyen como tal un espacio adecuado para una reflexión instantánea sobre lo que se está observando, sobre las consecuencias de toda esa violencia, de la sangre, del morbo.

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“Las imágenes son muy fuertes”, señala una joven de alrededor de treinta años. “Es mucha sangre, muchos muertos; sin embargo no podía dejar de ver las fotos, supongo que hay algo de morbo”, confiesa algo apenada. “Pero sí es diferente a ver los tabloides en un puesto de periódicos, es otra sensación, igual de mucha tristeza, de mucho miedo, pero diferente”.

“No le quedan a uno ganas de volver”, señala un hombre de unos cuarenta años. “Todo lo que muestra es reflejo de nuestra sociedad, por eso es tan fuerte. No condeno la exposición, pero es una experiencia que no me gustaría repetir, me dejo con una sensación de asco, tristeza, bochorno. No, no es agradable”, puntualiza.  

Pocas personas se animan a decir algo más. EL montaje es salvaje, avasalla, nos deja mudos. “El Estado de las cosas” no está denunciando nada nuevo, sabemos de sobra la violencia en la cual vivimos. A veces nos gustaría olvidarla, pensar que un mal sueño. Pero exposiciones como esta nos recuerdan que no es así, que la violencia es real, que sucede todos los días. El miedo, la tristeza o incluso el asco  que pudiéramos sentir tras recorrer la exposición no se compara con el de las víctimas, sus familiares, las personas que viven todos esto en carne propia, sin necesidad de un montaje exacerbado.          #Arte #Cultura Ciudad de México