“Cuando mis compañeros del trabajo me piden consejos para jugar, una de las primeras cosas que les digo es que deben aprender a sentarse sobre las manos. Porque muchas veces la mano nos gana, movemos piezas sin pensarlo, por impulso, en la calentura de la jugada”, el consejo me lo da mi primer rival del torneo de Ajedrez Rápido en Metro Mixcoac, después de haberme ganado con Jaque Mate en menos de cinco minutos. Me ganó la calentura.  

En realidad, después de que se hizo el sorteo para la primera ronda y supe quién sería mi rival me ganaron los prejuicios. Desde que arribe al espacio donde se realiza la convivencia noté la amalgama de personas que ocupaban las mesas.

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Vi niños, jóvenes serios con el ceño fruncido y el semblante taciturno que uno imaginaría propio de un jugador de ajedrez; pero había también gente de la tercera edad, trabajadores de limpieza del mismo sistema de transporte colectivo y algunos policías que, más que vigilar, eran participes del interés y las partidas.

Mi rival era uno de estos últimos. La estampa prototipo de un guardia del metro en el DF. Baja estatura, tez morena, rostro marcado de cansancio e historias, hablar dicharachero. Pero eso sí, cuando fue el turno de jugar me dio la mano al principio y calló la boca hasta el final de la partida.     

Minutos después, recargado en los torniquetes de entrada (los cuales no llevan a ningún lugar), le pregunté cuánto tiempo llevaba jugando ajedrez y él me contó su historia. En la secundaría tenía unos amigos que jugaban en los torneos de la escuela, él no sabía nada, pero ellos le enseñaron.

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Ya después dejo la escuela y la vida dio muchas vueltas, pero nunca dejó el Ajedrez, siguió estudiándolo por su propia cuenta, en libros, en videos, en diferentes clubes.

Mientras me habla de ajedrez se cala la gorra de policía y mira de reojo de un lado al otro, como si estuviera vigilando. Me confiesa que realmente está de guardia, pero pidió permiso a sus jefes para que lo mandaran justo a esta estación, pues ya había oído del torneo que hacen. Mete su mano derecha en la bolsa interior de su chamarra para mostrarme algo que parece ocultar como un tesoro. No es un arma, es una medalla de plata. La ganó unos meses atrás en un encuentro nacional entre policías, en Veracruz. Resisto la tentación de preguntarle si siempre la carga consigo, parece que sí. Relata también que recientemente participó en un torneo de ajedrez por equipos entre instituciones gubernamentales, con el ejército, la marina, la federal y la policía capitalina. “Nosotros ganamos”, me dice orgulloso.

 “Con el ajedrez uno aprende a tomar decisiones viendo siempre a futuro”, me dice en tono catedrático.

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“Es como cuando eres joven y sales con tres o cuatro chavas. En algún momento debes decidir con cual vas a casarte. Entonces muchos nos vamos con la calentura y nos quedamos con la más buena, pero luego esas resultan que son las más hijas de la chingada. En cambio, luego veo a compañeros que tiene esposas que uno piensa, híjole, la verdad si esta re fea; pero son buenas esposas, les hacen su comida, los cuidan cuando están enfermos, no los dejan solos. Por eso hay que pensar que conviene más a futuro, como en el ajedrez”, sentencia.

Mientras esperamos la siguiente ronda me da consejos y me recomienda libros. Incluso me pasa uno curso básico en PDF por medio de bluetooht. Me recomienda también un par de aplicaciones y me dice que el ajedrez es como cualquier deporte: “si no practicas constantemente, pierdes condición”. Yo trato de captar sus consejos, de ponerlos en práctica en la siguiente ronda. En la segunda partida pierdo en menos de tres minutos.  

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