Después de cuatro horas el torneo de Ajedrez Rápido en Metro Mixcoac terminó. No fui el último, logré ganar una partida de seis, mi único triunfo fue en el tercer juego, contra de un niño de siete años, quien a pesar de conocer muy bien las reglas aún no domina la estrategia. No es que yo si lo haga, pero no tuve piedad de él. Su mamá es una de las maestras y él le ayuda a ensañarles las reglas básicas a los más pequeños; presume saber una jugada de jaque, el mate del pastor. Después me confiesa  que en realidad cuando sea grande él no quiere ser ajedrecista, preferiría ser taquero, afirma burlón.   

En el resto de mis partidas me acostumbre a perder rápido y después platicar un poco con mis rivales.

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La mayoría son jóvenes, muchos estudiantes, con una carrera de al menos diez o cinco años en el mundo del ajedrez. Mientras jugamos la gente pasa y se detiene un momento a observar, como quien mira un evento deportivo desde las gradas. La mayoría se aburre después de unos minutos, el ajedrez está lejos de ofrecer el espectáculo al que están acostumbrados en otros deportes.

Pero no faltan algunos cuya curiosidad rebasa su escepticismo y terminan por preguntar sí ellos también pueden jugar. Mientras el torneo sigue su curso hay disponibles otras mesas para los usuarios eventuales. El encargado del evento en esta estación relata que hay todo tipo de gente, pero ante la insistencia por intentar identificar un grupo mayoritario señala a las personas de la tercera edad. Muchas de estas personas encuentran en el ajedrez una buena ocupación, además de que les ayuda a combatir enfermedades mentales degenerativas, como el alzhéimer.

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Pero los mayores no son los únicos para quienes el ajedrez se asemeja a una terapia. Uno de mis rivales en el torneo me confesó estar desempleado desde hace varios meses atrás. Mientras encuentra trabajo, me dijo, ocupa su tiempo libre en estudiar, practicar y jugar en diferentes tornes. “En realidad no tengo nada mejor que hacer”, dice con un dejo de cinismo. Para otros, jugar ajedrez es más que un pasatiempo, es una forma de vida.

Tras finalizar el torneo fui el onceavo lugar de doce participantes, solo por arriba del niño de siete años. El policía era mi gallo, pero  tampoco fue el ganador absoluto, ni siquiera logró colocarse entre los tres primeros lugares. Me dice que sí creyó que ganaría algo, pero no espetaba que hubiera tan buena calidad entre los participantes. En realidad aunque se trata de un torneo abierto al público en general, hay varios jugadores de cierta experiencia.     

“Pero así es esto, no siempre se gana. Esto me gusta del ajedrez, que siempre, por más chingón que se crea uno, se va a encontrar con uno más chingón, o puede perder con uno que no sea tanto, pero que aprovecha un error.

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Por eso me gusta jugar torneos”, me confiesa. “Me sirven también como terapia, cuando estoy tristes por situaciones personales o del trabajo, el ajedrez me ayuda, porque pierdo y entonces me pican el orgullo, me pongo otra vez a estudiar, a revisar los libros a entrenar para ser mejor. Haz de cuenta que para mí esto es como una droga, así como hay gente que toma o fuma algo para sentirse mejor y luego se le vuelve vicio, así me pasa a mí con el ajedrez”.  #Crónica Ciudad de México #Cultura Ciudad de México #Sociedad Ciudad de México