Por Mitzi Vera 

                                                            Recordando uno de los tantos conciertos en el IMER.

Las gotas de lluvia humectan las calles de piedra en Coyoacán. Sientes cómo se humedece poco a poco tu piel helada, entras al Instituto Mexicano de la Radio. “Big Band Jazz de México en concierto”, ves anunciado.

Entre cables tirados y enredados, los miembros de la agrupación ríen y bromean, la soundcheck se lleva a cabo.

A lo lejos observas entre las paredes amarillas a la cantante Fela Domínguez, quien viste un pantalón de mezclilla y blusa negra. Prepara su vestido brilloso color negro.

En la sección de aerófonos se encuentra Ángel Ramos afinando el saxofón de su esposa, la única mujer instrumentista de la agrupación, Citlalli Chávez; después de checar los últimos detalles nada puede salir mal.

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El show está por empezar.

La gente entra presurosa por alcanzar buen lugar; tercera llamada… comenzamos.

¡Parararara rara tarara rara! El opening de inmediato te contagia de alegría y euforia. Alcanzas a observar las sonrisas de los espectadores.

Ernesto Ramos, el director, quien baila al ritmo de la síncopa. Se da la vuelta, toma el saxofón tenor y comienza a solear con los ojos cerrados.

Al escuchar ese timbre tan dulce y brillante agradeces que ese instrumento curvilíneo y frío incursionara en el jazz desde 1920. ¿Quién iba a imaginar que el saxofón fue creado para la música clásica?

El público sigue bailando, no se para del asiento, pero siente el ritmo con los pies, ojos, dientes, manos. ¡Con todo el cuerpo!

De fondo, los trombones  adornan con plastas oscuras la obra musical, porque por muy negro que sea el sonido, al mezclarse con notas dulces crean un rico manjar.

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Un platillo que no solo se come, se siente, se escucha, se disfruta.

De pronto escuchas un grito eufórico y melodioso a tus espaldas. Se trata de Fela Domínguez quien entra bailando al escenario.

La piel se te eriza, te provoca ansias enormes por continuar escuchando; ¡Granaaaaadaaaa! Escuchas salir de la garganta de la cantante de tez morena y labios gruesos, quien por cierto, en esta ocasión no porta sus característicos chinos.

Un hombre de mediana edad, robusto y barba de candado se pone de pie para aplaudir. Entre susurros escuchas a un grupo de jóvenes que comentan:

-Yo sí me enamoro con esa voz, ¡eh!

Fela aún baila en el recinto acompañada de su voz grave salida de sus entrañas. Detrás de ella está Mario García, el personaje que es difícil de observar puesto que las tarolas lo tapan, improvisa en la batería.

Entre los tamborazos de García se cuelan otros algo rebuscados. Se trata del percusionista de “Moderatto”, Elohim Corona.

El espectáculo está por terminar.

Los aplausos una vez más se hacen presentes, mientras sientes el calor generado por el éxtasis del público. El show ha finalizado. Después de todo, valió la pena mojarte en el trayecto por los caprichos de Tláloc. #Arte