Lo confieso, el #Arte abstracto-conceptual no es mi plato de frijoles, cuenco de lentejas ni taza de té según las frases que muestran preferencia en México, España e Inglaterra, mis mayores influencias culturales.

Tras cientos de exposiciones vistas he llegado a hastiarme del arte moderno y contemporáneo que discurre por la conceptualidad y la abstracción. ¿Por qué? Porque por lo general (ojo, no digo invariablemente) este tipo de arte es autista, parco, árido, caprichoso, críptico y altanero.

Es el artista que nunca supo dibujar o pintar y se refugió en la subjetividad tirando la piedra esnob de la polivalencia de “su mensaje”, cuya interpretación y comprensión queda reservada a las “élites intelectuales” cuando, simplemente, no tiene nada que decir ni compartir.

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¿Sinestésico y anagógico?

Pero hay otros como Boris Viskin (Ciudad de México, 1960), que elaboran un discurso plástico inteligente con un concepto que realmente vemos y reconocen nuestros sentidos. El curador Iñaki Herranz menciona que la selección de obra se articula a modo de concierto multidisciplinario y que tiene un sentido “sinestésico y anagógico”.

Sinestesia es en Biología: “Sensación secundaria o asociada que se produce en una parte del cuerpo a consecuencia de un estímulo aplicado en otra” y en Literatura “figura retórica que consiste en la atribución de una sensación a un sentido que no le corresponde” (ejemplo: “se oye la luz”), mientras que anagogía es el sentido espiritual que se le concede a la Biblia.

Viskin, por ejemplo, recicla y ensambla puertas, marcos, sillas, (el dichoso ready made) las desarma y rearma (remake) con un estupendo sentido de la composición; el resultado, además de muy atractivo, tiene connotaciones sinestésicas: son puertas, pero simulan un laberinto que ofrece un solo hueco por donde escapar (vbgr.).

Poder de evocación

Mucha capacidad de evocación tiene Viskin; en su afán constructivista unos simples huacales apilados sobre el muro evocan una estructura abstracta que puede ser un estampado geométrico, un multifamiliar en la periferia o un juego de tetris en perfecta formación simétrica.

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Hay ritmo y cadencia, hay juego…

Hay también interrogantes de fe no exentas de sentido del humor, como la rara pintura en la que un hombre con vestimenta principesca hinca su rodilla en el suelo y mira al infinito formado por un descolgadero de formas abstractas en medio de la negritud: ¿quiénes somos, a dónde vamos?

El pastiche, los relieves, lo juegos de palabras y el collage son otros recursos que utiliza para cuestionar el sinsentido de la guerra y manifestar anhelos de paz, o cuestionar la ausencia de Dios en los genocidios mundiales que encajan con el adjetivo “anagógico” usado por el curador. Una pirámide altísima e imposible se alza (la imaginamos a gran escala) rematada por un “caballito” de tequila a manera de ofrenda al Altísimo (“comed y bebed”).

Viskin dice que la belleza llegará después. ¿Después de qué, me pregunto? ¿Será que a fuerza de contemplar, incluso lo abyecto se apreciará como bello tras una especie de efecto catártico?

“- ¿No es hermosa? - Hermosa es -contestaba Gaspar. -¿Tan secamente? ¿Tan seriamente? -No sé enseguida si es hermosa -observó Gaspar, siempre con profunda seriedad-; lo hermoso viene al final…” Jakob Wassermann, Gaspar Hauser o la indolencia del corazón.

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(Parte del texto de sala).

 

 

  #Exposición #Cultura Ciudad de México