No suene raro estar de ocioso en el Centro Histórico. En estos tiempos, las transformaciones que suceden en la ciudad nueva no son ajenas a lo que sucede en el primer cuadro de la Ciudad de México.

Caminando por la República del Salvador, a breves cuadras del Zócalo, descubrimos un recinto sentado en este predio desde la época Colonial. Es notorio el conjunto urbano tanto de la iglesia, con su torre barroca, como del edificio aledaño de la misma época, que desde 2010 se ha revitalizado sirviendo como oficinas de la Federación, como caja fuerte de piezas emblemáticas del arte mexicano de los últimos 50 años y como Museo, en honor a los distintos objetivos que se propone la Cancillería en tanto a la diplomacia.

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El #Arte contemporáneo tiene esta vertiente, pero la colección es miles de veces mas grande de lo que ocupan los espacios comunes aquí y el énfasis se hace en artistas itinerantes quienes probablemente dejan alguna obra para incrementar el catálogo nacional. 

En este ciclo se presentan Luis Rodrigo, Jeannete Betancourt y Máximo González en las salas formales y Jorge Marín con sus monumentales cabezas y cirqueros de bronce en los pasillos del antiguo oratorio. Hay otros autores de gran importancia en distintos recovecos, mas valga el recorrido no para estimar el valor de la obra mas consagrada, sino para explicar las complejas visiones de los artistas vivos quienes destacan por presentar la pintura minimalista y un repertorio impresionante de instalaciones alrededor de conceptos no menos complejos que la plástica por si misma.

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Luis Rodrigo por ejemplo, en la planta alta, se expresa en varias salas de una elegancia exquisita con cuadros planteados bajo todas las tradiciones. Lo irónico es que, en contraste con las miles de palabras en cada detalle decorativo del inmueble, las pinturas del tapatío tienen poco contenido visual, aunque ciertamente a veces el haber estado en la escuela de Bellas Artes de París les permiten un universo donde solo hace falta el uso mínimo del diseño y los colores post modernos se pueden chorrear generando vibración.

Abajo esperaba una sorpresa. Máximo González aprovecha el espacio de una manera inédita y propone al visitante tantas soluciones al problema del arte, que de pronto la pintura nos parece algo ya lejano. Sillas con ramas, petates retorcidos espectaculares, proyecciones de video sobre objetos punzo cortantes, palabras que se escurren de la pared y se materializan en el suelo, pequeños objetos de vidrio con mini palabras adentro pegados sobra la pared... ¿falta decir mas?

En otra galería o salón del recinto, no menos interesante, el susurro del agua se apodera de los sentidos.

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Betancourt presenta también, a modo de instalaciones, una serie de muestras que han ido construyendo su trayectoria. 

Con botellas de pet enchuladas, amontonadas e instaladas también en la pared, el cubo espacial se rompe visualmente con una cascada sintética con luces que vienen de adentro. La boricua nos quiere llevar a sus orígenes cuando el agua aparece como algo inocente. Dando breves pasos vemos obra en tres dimensiones con formas orgánicas y en el piso un camino de utensilios de metal, como latas en forma de hoja. En la pared unos grabados acrílicos con una proyección de luz que les concede un carácter fantasmal y, por supuesto, revelan un concepto. Toda el montaje quiere señalarnos el camino del agua hacia su transformación en un bien de consumo.

Siempre presente una tormenta documentada por Jeannette, se deduce una tragedia ante la imposibilidad de cambiar el abuso al m.a. Conviene hacer esta visita y muy pronto, pues en Abril estarán cocinando una nueva presentación.  #Educación #Cultura Ciudad de México