Para que mis lectores no piensen que soy de esos snobs que solamente ven “cine de arte” y por encima del hombro al cine comercial - especialmente el mexicano -, decidí ir a ver esta nueva película mexicana en unas salas comerciales.

Buen cine, mal cine

Para mí no hay diferencia entre una película de autor o de arte y una comercial, más que el hecho de que sea buena o mala. Tanto hay excelente cine comercial como pésimo cine de arte, y viceversa. La etiqueta no es garantía de nada más que un juego de mercado en el que el cine de autor, que no ha pasado por el cedazo de Hollywood, tiene el doble de dificultades para que su película sea vista por los miles y cientos de miles de espectadores a los que la máquina comercial tiene acceso garantizado.

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Leí la sinopsis y me pareció interesante, por eso fui a ver Las Aparicio. No sé si tuve la ventaja o desventaja de jamás haber visto la serie televisiva. Me motivaron también sus actrices, que fueron a hacer una visita promocional al programa Ventaneando de Paty Chapoy (paliando mi dosis diaria de cotilleo farandulesco en sustitución de mi placer culposo Laura) para invitar al público a asistir a las salas de cine. Inteligentemente mencionaron que no era prerrequisito conocer el tema, y personajes de la serie.

La maldición y la tradición

Y tenían razón, porque la película es una obra de una pieza y se comprende perfectamente toda la trama sin jamás haber visto el programa televisivo. Ambientada en una antigua hacienda en Xico, Veracruz, narra las vicisitudes de una familia formada por mujeres de carácter: la matriarca triplemente viuda, convencida de que una maldición pesa sobre todas ellas, una terapeuta sexual que ve fantasmas, una pareja lésbica empeñada en procrear un bebé y una abogada activista de los derechos humanos.

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Hay dos nudos en la trama: descubrir el origen de la supuesta maldición y quién es en realidad el peón de la hacienda quien viene a inquietar los ovarios y subconscientes de las mujeres. El director, Moisés Ortiz Urquidi, – con producción de Argos Cine dirigida por Epigmenio Ibarra - logra captar el alejamiento del mundanal ruido en la selva donde se enclava la vieja hacienda, la historia antigua de una familia con sus modernas preocupaciones y el suspenso paulatino para descubrir los misterios de la casa y sus habitantes temporales. Una obra entretenida pero inteligente y realista, con destacables interpretaciones y una fotografía bella y cautivante.

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