Cualquiera que mire por primera vez una obra de Fernando Botero Angulo probablemente piense que, este pintor y escultor es alguien de huesos frondosos o que tiene afición a las damas de pocos complejos gastronómicos, pero contrario a esa supuesta primera impresión, la figura del pintor más famoso de #Colombia es la de un hombre saludable y en forma, de 84 años, pero con mucha vida.

El autor de esos lienzos voluminosos con tintes de #Arte naíf, conoció su primer sol un 19 de abril de 1932 en Medellín, ciudad que lo vería dar sus primeros pasos artísticos a temprana edad, luego de una poco brillante carrera como torero. Impulsado por un tío en esa fiesta brava que en estos tiempos escandaliza, un accidente lo orilló a decantarse por la pintura, pasión que le ha dado tanto satisfacciones como tristezas.

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En 1974, ya reconocido en el ámbito de la cultura y con el respaldo del Museo de Arte Moderno de Nueva York (quien adquiere una pintura suya, una Mona Lisa tragona), perdió en un percance vehicular a su pequeño Pedrito Botero, de apenas cuatro años de edad, lo que se vería reflejado en parte de su obra posterior.

En fin, que es difícil que sus creaciones pasen desapercibidas, y no solamente por lo volumétrico de sus dimensiones, pues a Botero no sólo se le mira en los #Museos, entre marcos y lienzos, sino también entre calles, polvo y personas ajenas a ese mundillo de exposiciones y galerías, pues sus esculturas han ganado terreno, literalmente hablando, por las calles más importantes de México, India, Francia, Inglaterra, China, España, Estados Unidos y, por supuesto, su natal Colombia, por mencionar una brevísima lista de los lugares en los que ha expuesto este gran hinchador de formas.

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Aunque de igual manera es de reconocerse el hecho de que ver sus obras oreándose al aire de distintos países se debe en mucho a su iniciativa, pues la donación de buena parte de sus creaciones ha acrecentado aún más la fama de este latinoamericano universal.

Aclamado por muchos, denostado por otros, en años recientes su trabajo, compuesto comúnmente por gordos y gordas de rostros taciturnos en todas posturas y situaciones, objetos abombados, animales rechonchos y naturalezas muertas de dimensiones exorbitantes, ha dado un giro para retratar y denunciar hechos políticos.

Hoy, en este su natalicio, seguramente diversos museos de distintas ciudades le rinden homenaje, quizá algunas personas apenas lo descubran; sea como sea, su peso es indiscutible.