¡Qué difícil es empezar a escribir cuando algo nos gusta o disgusta mucho! Es esa lucha eterna entre emoción y razón la que nos entorpece los dedos para escribir o la lengua para contarlo.

Lección de vida

Y es que la emotividad no nos deja a todo lo largo de la película; nos identificamos con la(s) historia(s) grandes y pequeñas que los protagonistas nos cuentan. Todos tenemos (o tuvimos) unos padres que (para nosotros) fueron maravillosos y ejemplares. O si no lo fueron tanto, les debemos  un elemental agradecimiento por habernos criado y transmitido valores que consideramos bellos y valiosos.

La trama sucinta de El patio de mi casa es la historia de una familia de clase alta en la que el padre y la madre son profesionistas - él arquitecto y ella psicóloga - a quienes la mirada de su hijo (el director del documental) persigue a todos lados con la cámara para extraer de ellos una lección de vida.

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La madre admira la filosofía educativa de Jean Piaget y el padre la visión de un arquitecto finlandés que siempre admiró. Dos modelos a seguir a los que, una vez cumplidos los preceptos primigenios de crecer y reproducirse criando una hermosa familia llevando una vida profesional exitosa y plena, les llega el invierno y el cuestionamiento vital: “¿cuándo frenar?”. Asumir la disyuntiva sin remordimientos y aceptar la imparcialidad de la ley de la vida, por ingrata que nos parezca.

Valor para la vejez

El punto de reflexión es para ambos haber aportado algo positivo para que la gente humilde viva mejor; mejores viviendas, mejor educación y lo han conseguido a través de sus proyectos como la escuela rural de la señora que brinda enseñanza, protección y apoyo psicológico a los niños.

Por su parte, son más de 50 años que el arquitecto ha dedicado a las comunidades rurales e indígenas, logrando fusionar diseños de integración con el entorno natural, estética y funcionalidad,  asesorando casi siempre gratis a los indígenas y campesinos que lo procuran.

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Su trabajo le valió el galardón Príncipe de Holanda en 2007, el premio Quorum del Diseño, el reconocimiento Honoris Causa y el Gallo de la Universidad Iberoamericana.

Sembrar para cosechar

Las películas familiares dan cuenta que estar tras las cámaras le viene a Carlos Hagerman desde sus abuelos, dando cuenta del paso del tiempo y sus estragos en un cuerpo que ya no responde de la misma forma. La energía mental es una directriz que al fardo del cuerpo no le apetece seguir. “Hace falta valor para la vejez”, dice cansado Don Óscar y se nos pone la carne de gallina ante semejante disyuntiva que tarde o temprano tendremos que afrontar.

Con la sencillez resolutiva del documental, la honestidad de las palabras que brotan de los protagonistas y  la belleza de una fotografía captada con los ojos del corazón, uno no puede más que dejarse llevar por las emociones de quienes sembraron y se retiran tras la cosecha para descansar a la sombra de un guayabo.

El patio de mi casa es un espejo en el que nos reflejamos todos; nada nos es ajeno, todo nos es cercano, seamos hijos de la migración o seculares oriundos de esta tierra; europeos o indígenas, ricos o pobres.

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El patio de mi casa de Carlos Hagerman consigue su propósito tácito: darnos una lección de vida para cualquier tramo del camino que llevemos recorrido, pues como bien nos recuerda el poeta español Antonio Machado: Caminante: son tus huellas el camino y nada más. Caminante: no hay camino, se hace camino al andar (...) Caminante: no hay camino sino estelas en la mar... #Cultura Ciudad de México #Estrenos de cine