Ante una situación confusa, a priori, el ingreso a las galerías de la Casa del Lago, deja ver una inversión ambiciosa de recursos en el desdoblamiento de un virus que se ha comido las palabras derivando una tipografía especial en cada punto donde debe existir un objeto que comunica información al visitante.

¿Qué tanto respondemos a este mensaje del comisario al facilitarnos la chamba en cada expo? De cualquier manera ¿qué tanta gente se detiene a preguntar algo? Todo parece muy obvio de todas maneras. 

Estas dudas nos asaltaron antes de seguir el instinto y adelantarnos a la sala en la Planta Baja del edificio Universitario que se levantó para respaldar las actividades del centro cultural. 

Principiamos con un letrero color naranja intenso y letras carcomidas dispuestas a modo de Loret Ipsem, señalando el diseño habitual.

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¿A qué punto estas no palabras serán mas importantes que el propio montaje? De pronto estamos pisando el aserrín y nos sentimos asombrados de encontrar, como de costumbre, un verdadero caos de innovaciones empezando con la museográfía.

El ambiente mismo huele a madera y cada elemento en la composición de un pequeño circuito, señalan la locura de los nuevos tiempos; la valorización y desvalorización del entendimiento acerca de algo que debe ser arte, aunque se opone al sistema tradicional de montaje para la pintura. 

Saliendo, amablemente; el responsable en turno nos dio un trato especial donde se confirmaba una sospecha acerca de un plan entre los investigadores para que el turista se sienta completamente perdido y se renueve, así, su interés por la vida cultural del complicado recinto en medio del gran parque aledaño al Museo de Antropología.

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La explicación es que no la hay. El anfitrión se vio entretenido por mi astucia y participamos de una necesidad innecesaria de que las letras fueran convencionales porque pocas personas las leen y menos aún se detienen en sus vidas para ver si el artista transmitió su mensaje.

En la Casa del Lago, se llevaba a cabo un concierto de 5 instrumentos de viento (brass); un par de trompetas, trombón, un corno francés y tuba. La pulsión de la música nos distrajo un rato con la ejecución de obras escritas por Bach y Bethoven, sonó el Huapango De Moncayo, en una interpretación vibrante que en dos ocasiones nos llevó al éxtasis y al llanto. 

La exposición nos coge por doquier con letras masculladas en salas donde pasaba discreta la tendencia y se apreciaban intervenciones al vidrio con óleo (tal vez), mezcladas con impresiones fotográficas en capas con otros elementos translúcidos. 

También hubo espacio para una instalación orgánica. Al no haber una explicación posible con las letras tal y como lucen actualmente, nos reservamos el derecho de expresar si había, en esta muestra alguna obra valuable, o si se trataba de una cuestión experimental.

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En un cuarto se instalaron algunos mecanismos que dan movimiento al sentido expositivo rígido al que estamos acostumbrados. No es fácil discernir si el talento atrás de la obra se encuentra en los procesos inter disciplinarios que otorgan su lugar a vanguardias de arte/ mecanismo, una cuestión que nos remite al tío Gamboín. 

El terror nos coje en un espacio donde se encuentra una estructura con cabeza de serpiente emplumada. Este juguete tiene un ciclo. Mas embebidos de todo el ambiente sentimos que tiene un sensor de movimiento y nos reta siguiendo nuestra presencia en su altar.

Afuera hay una novedosa sala de conciertos muy bien emplazada, una estatua de Juan José Arreola, una estructura clásica y se cuenta con estacionamiento, pero no es público.

Apenas salir está el ingreso a las lanchas y, de ahí, el camino a Reforma invita cada dos metros a desviarse en la primera sección para contemplar  la diversidad exquisita del sentido popular. #Cultura Ciudad de México