Recuerdo que al levantarme y encender la radio se escuchaban las noticias desde la estación XEW en boca de Dante Aguilar, quien además nos invitaba con mucho entusiasmo a salir de las cama. Yo me apuraba a tomar mi baño con rapidez para acompañar a Panchita a comprar pan y tamales y compartirlos en el desayuno con toda mi familia en ese único día de la semana en que, temprano, convivíamos juntos y sin prisas.

Ya de regreso a casa todo era movimiento. Mis hermanos y hermanas regateaban el baño para luego vestirse con la ropa que estaba destinada para dicho día. Ellas vestían con prendas realizadas con una crinolina, mientras los varones nos envolvíamos con una camisa bordada al estilo español, combinada con pantalón corto azul marino y medias de rombos de estilo escocés coronadas con zapatos de charol.

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Mientras, la radio nos alegraba con el programa “Así es mi tierra” para dar paso después a las pláticas del padre Brambila en la voz de Enrique Rambal.

A las 10 de la mañana ya teníamos que estar prontos para abordar el automóvil de mi padre urgiéndonos a no retrasarnos para estar a las 11 horas en la Iglesia de San Felipe. Junto a dicho templo en la calle de Madero se yergue majestuoso el templo de San Francisco.

Después de la misa, caso habernos portado bien a lo largo de la misma, nuestros padres se organizaban para hacernos cruzar la calle y así llegar al Sanborns de los azulejos. Recuerdo como si fuera ayer las leches malteadas y los helados en forma de cisnes, payasitos, aviones, barcos, etc.

Luego de lo anterior atravesábamos la Avenida San Juan de Letrán a efecto de alcanzar el Palacio de Bellas Artes y la Alameda Central.

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En una de tantas ocasiones mi madre me platicó que, en dicho lugar, se conocieron mis abuelos. Él montaba una bicicleta vestido de “lagartijo”, típico de la época porfiriana, para impresionar a mi abuela a fin de conquistarla.

Desde el quiosco de la Alameda provenían los valses mexicanos que regalaba a los paseantes la Orquesta Típica de la Ciudad de #México constituida por músicos salidos de nuestro conservatorio vestidos a la usanza charra.

A las 2 de la tarde arribábamos a la casa de mis abuelos paternos en la colonia Santa María. Todo era fiesta, espléndida comida y regocijo. Mi abuelo español procedente de Segovia, España, a manera de travesura me permitía disfrutar la espuma de su cerveza o bien a la hora de escuchar los toros, mientras jugaba con su amigo el señor Beitia al dominó, me invitaba a introducir mi dedo en su copa con anís.

Ya caída la tarde y a punto de anochecer, me invadía la tristeza a sabiendas que debíamos partir de regreso a casa. Me consolaba saber que en mi hogar me esperaba Cachirulo en la TV con su Teatro Fantástico coincidiendo con la hora de la merienda y después, desde la radio, la hora de Carlos Lacroix con su “¡dispara Margot, dispara…!” interpretada alternativamente por Arturo de Córdoba y Tomás Perrín.

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Eventualmente  y a manera de excepción en razón de la hora, tuve la oportunidad de disfrutar la serie original de “Los Intocables”.

¿Y qué puedo decir de todo lo anterio? Solo una cosa: ¡Qué tiempos aquellos señor Don Simón…!

@ap_penalosa