Pocos recintos son construidos con una finalidad cultural específica en la cartera del Estado. En América hay excelentes ejemplos de la visión en el gobierno hacia lo monumental y se ha desarrollado en cada entidad un cuerpo inmobiliario público en proporción a su crecimiento.

En la época Porfiriana, el climax del hombre en su avance por encima de los misterios, buscó dejar huella del esplendor permanente de la Patria Mexicana. A tal fin se importaron todos los elementos y se contrató al italiano Adamo Boari para llevar una obra que no se inauguró con plenitud hasta 1934.

En honor a la modernidad, las ciudades han germinado con infinitos edificios, mas sólo uno o dos con el alcance de los científicos unidos en la dimensión mágica de lo que ahora es Palacio de Bellas Artes.

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Así como en Rusia y París, lo mismo que en Australia, la élite de cada época busca resonar en la belleza del #Arte; como catarsis para un segmento poblacional harto de tedio, abierto lo mismo para los filántropos, que para intelectuales, el turismo, la infancia y en alguna medida también para el pueblo mayor.

En el Siglo XXI no hay proyectos para superar este concepto que tiene en su corazón un teatro con un bajo para la orquesta.

Aunque se ha escatimado por tantas aflicciones en la política y la economía, en Bellas Artes hay también tramoya e iluminación de primer nivel. Su tecnología es máxima para dar sede a las grandes producciones que ocasionalmente se importan, mas, por supuesto, aquellas que exportamos orgullosamente.

La idea del artista es por ello una fusión vestida de mármol en este majestuoso inmueble que guarda los tesoros de la mano de cada muralista de época, una cafetería, el Museo de la Aquitectura, una sala de conciertos, y varios niveles de espacios donde se monta lo mejor de lo mejor en términos de lo que ofrece México en su constante definición del arte oficial.

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No resulta increíble que el INBA dedique medio Palacio a "El arte de la Música", una exposición  cuyo sentido estético es plantear la alternancia del espacio: de las manos de los genios artistas de la historia del arte, al concepto de la música como algo antropológico así mismo, en un paseo que ante pone el sonido como una expresión llena de color.

En varios episodios, la muestra nos confunde con nuevas formas tecnológicas para salir de nuestra zona de confort. De entrada una extraordinaria selección de pinturas y piezas arqueológicas, mas se añaden de modo optativo implementos que permiten complementar la idea singular de un arte plástico, con sonidos representando el tiempo de la música desde muy variadas posturas.

Hay constantes recorridos guiados, uno puede deleitarse escuchando o leyendo el mito de Apolo, el de Orfeo, o concentrarse en la importancia de algunas piezas provenientes de varias instituciones en California como la Paul Getty, y el Museo de Arte de San Diego.

Revivimos la pulsión de la vieja escuela con Dalí, Toulouse-Lautrec, Kandinsky, Matisse, Corot, Mérida, el "Corzo" y Orozco a través de un ingenioso montaje lúdico que nos remonta al origen de las civilizaciones con piezas del Museo de las Culturas y el de Antropología como complemento.

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La ambición de las autoridades al mando es orquestar actividades paralelas como pláticas dentro del recinto, ciclos en la Cineteca y eventos coordinados de música y ópera.

Se advierte la aparición de varios app para permear el universo digital con play lists cuyo fin será poner a disposición de las masas, valiosas informaciones sobre la música y el arte.

Este ejemplo de trabajo nos da certeza en cuanto al éxito de colecciones cuyo punto de referencia es temático y conllevan una investigación que justifica el valor de cada cuadro.

Cada pieza nos encanta con visiones del color cuando le habla al sonido. Cada genio nos estimula buscando alterar nuestra percepción mediante perspectivas a partir de la frecuencia en un ritmo, tanto como las emociones que se desprenden de un acorde.