En artículos anteriores he criticado ácremente a Miguel Hidalgo y Costilla y a José Ma. Morelos y Pavón. Los he calificado de mesiánicos, crueles y asesinos a la luz de su coportamiento en sus intentos independentistas.

Siempre he afrmado que #México es un país urgido de héroes. No sé si ello obedezca a una necesidad de autoafirmación en razón de una historia plagada de vergüenzas y mentiras. Pero el hecho está en que debido a la ignorancia que impera en el país, aunado a una falta de conciencia  de nación, los mexicanos estamos siendo víctimas de lo que el sistema nos impone y es obligación creer.

Aquí mismo por la vía del internet mucha gente se rebela a aceptar la imposición de pensamientos que distan en mucho da la gran verdad.

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Procuramos olvidar a quien realmente alcanzó la independencia, así como criticamos y hasta menospreciamos a baluartes de la misma.

Como muchos que salen a defender a Morelos con enojo y agesividad, yo por mi parte discrepo de ellos. José Ma. fue un hombre turbio, oportunista y manipulador. Acudió a Hidalgo a ofrecerle ser capellán a su servicio para salir nombrado como comandante de los ejércitos del sur. Se le tenía por buen estratega, sin embargo en su correr fue muy cruel y despiadado. Si bien entendemos que la vida de un militar conlleva al contacto con mucha sangre, Hidalgo y Morelos se excedieron presas de un mesianismo que rayó en los extremos.

Existe un capítulo en el caso de Morelos que narra como dispuso de la vida de soldados españoles que estaban refugiados en el fuerte de San Diego en Acapulco.

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Luego de enterarse de la muerte de Matamoros, en venganza la mitad de ellos fueron trasladados a La Quebrada. En dicho lugar fueron ejecutados a degüello previo a ser lanzados al mar.

A Hidalgo no le perdono la masacre que llevó a cabo en la Alhondiga de Granaditas. Ya enfermo de poder y ante la incredulidad y desacuerdo de Allende y Aldama, no tuvo empacho en cubrir el piso con cientos de cadáveres, la mayoría españoles, incluyendo niños, ancianos, mujeres y soldados luego de azuzar a la plebe. A tal punto por la locura que alcanzó pocas semanas después terminaría preso y encarcelado.

Igual sucedía con Morelos. Ya cerca de su derrota buscando con desesperación una salida, envió a Mariano Matamoros a encontrarse con la muerte no obstante que sus compañeros le recomendaban desobedecer.

Fueron tantas las ansias de poder que en su proceso de desquiciamiento, tanto Morelos como Hidalgo terminaron por portar uniformes militares hechos a la medida resaltando botonaduras de oro que dieran lustre a su personalidad.

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Hidalgo al menos murió con dignidad mostrando arrepentimiento. Luego de pedir perdón al rey, también se puso a la disposición de sus hermanos ecleciasticos. Camino al paredón iba portanto un crucifijo y un misal. Repartía dulces conforme avanzaba y a la hora de la ejecución fue fusilado 4 veces en razón de la mala calidad de los fusiles. Pidió se le sacrificara de frente y sin nada que le ocultara los ojos.

Morelos por el contrario sentía terror a la muerte, al punto de tratar negociar su vida a cambio de delatar a sus compañeros insurgentes. No tuvo empacho en confesar nombres, lugares y todo lo relacionado con la campaña a fin de que se le absolviera.

Ese fue el fin de quien se hizo llamar el “Siervo de la Nación”.

@ap_penalosa