Cuando hablamos del cuerpo humano generalmente también tenemos que hacer referencia a la carne, la cosa por la cual la relación epistemológica del conocimiento interhumano empieza a efectuarse, comenzamos una estructuración de conocimiento a partir de la captación sensitiva del objeto por medio de la vista y, posterior a ello, del tacto. El cuerpo, la carne, sea del sí mismo o de alguien más, alcanza su punto culmen de manifestación en la vida sensorial del ser vivo, pues es el momento en el que los sentidos se posan en ese objeto a poseer.

Es imposible que el proceso de asimiento del objeto no se realice atendiendo la cualidad somática del sujeto y el objeto al mismo tiempo; por esta misma razón Paul Valery nos dice: “cuando pienso en los seres vivos, lo que veo en primer lugar y llama mi atención es esa masa de una sola pieza, que se mueve, se dobla, corre, salta, vuela o nada.” Y es precisamente porque el cuerpo, compuesto de materia, encuentra su finalidad primordial en llenar un espacio físico, e incluso un aspecto temporal de simulada permanencia.

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El reino de las sensaciones está en el cuerpo ‒reino animal‒, lo que los antiguos griegos llamaban Soma, sin embargo, eran estos mismo los que creían que éste era una cárcel para el alma y por ello prestaban mínima atención al estado corpóreo. El cuerpo, por su calidad material, es lo más manifiesto y cercano para poder tener la certidumbre de una existencia palpable, aunque por otro lado, también hace presente el aspecto de la fragilidad en los seres que constan de un cuerpo, puesto que éste tiende a degradarse, o corromperse ‒reino vegetal‒, he allí que ligado a la certidumbre de existir y vivir se agrega el miedo a la muerte. En palabras de José Gaos: “la vida pasa a ser una compleja preparación para la muerte con el recuerdo, con la presencia, ejemplificadora, aleccionadora, amonestadora, exhortativa, del muerto y de su muerte”.

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Hacia 1973 Paul Valery publicaba un pequeño ensayo sobre el cuerpo donde se exponía la doble función de éste: ser usado y reproducirse. Si un objeto puede ser usado es porque es útil, e incluso en la abstracción de sus funciones sigue teniendo una utilidad, aunque ésta se dé de manera diferente. El utilitarismo corporal se empeña entonces en el deseo de poner en funcionamiento los elementos que le estructuran; no se trata de verlo como una máquina, sino como un complejo sistema que actúa para la satisfacción propia, o ajena, de una serie de necesidades.

Por otro lado, en el cuerpo que es capaz de reproducirse tendríamos que diferencias entre la reproducción propiamente biológica y la que se da a partir de la manifestación del cuerpo en algún tipo de material, v.gr.: el reflejo del espejo, los retratos, las fotografías, etcétera. El cuerpo reproducido surge por la necesidad de una trascendencia, sea ésta de orden biológico o de permanencia a partir de un cuerpo simulado. En todo afán reproductivo se encuentra un orden utilitario.

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Esta doble función de la que nos habla Valery bien funciona en el ámbito cultural-artístico como en el social-antropológico; y aunque ambos parezcan funcionar separadamente, en realidad, ya lo vimos, uno incluye al otro. El cuerpo se transforma en la unidad mínima de conocimiento, pues, aunque todo proceso cognitivo pase a formar parte del intelecto, no podemos dejar de lado que el proceso gnoseológico directo se da por la relación de los objetos concretos con el sujeto.

Refiriéndonos explícitamente al cuerpo humano, éste siempre mantendrá en sí las funciones explicadas, sólo que se verán rodeadas por el efecto de Kitsch, lo que hace que éstas no alcancen a manifestarse de una manera concreta, sino sólo a partir de pequeños guiños inconscientes. Es así como el ser humano sólo se sostiene bajo una estructura superficial, olvidando todo lo que su composición corporal acarrea. El cuerpo es el aspecto más palpable para mantener la certidumbre de una existencia que se establece en la funcionalidad corpórea. #Arte #Redes Sociales