A pesar de que Almodóvar no se llevó el gran premio en Cannes, sino el británico Ken Loach por Yo, Daniel Blake, ¡que le quiten lo bailado! Allí ya ganó 2 premios; en 1999 por Todo sobre mi madre y otro en 2006 por Volver.

Multipremiado

Si de premios hablamos, también se llevó el italiano David de Donatello en el 88 por Mujeres al borde de un ataque de nervios; 3 César de la Academia Francesa por Tacones lejanos (1992), Todo sobre mi madre (2000) y Hable con ella (2003).

Ha sido profeta en su tierra con 7 premios Goya, 5 BAFTA de la Academia Británica y 2 Óscar. Extrañamente, no ha figurado en el Festival de Berlín como otros compatriotas: César Fernández Ardavín (El Lazarillo de Tormes, 1960), José Luis García Sánchez (Las truchas (1977), Tomás Muñoz (Ascensor, cortometraje, 1978), Emilio Martínez Lázaro (Las palabras de Max, 1978) y Mario Camus (La colmena, 1983).

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Madurez almodovariana

Pero a lo que voy es al gran cambio que Julieta marca en la filmografía del manchego: más maduro, contenido, medido y si me apuran diría que más deprimido. No hay ni un solo momento de risas al sol. Incluso la escena de sexo en el tren tiene acentos tristes, de huida consolatoria y no de retozo placentero.

Ya no es el Almodóvar al que todos esperamos año con año; colorido, folklórico, con diálogos y escenas delirantes que rayaban en el teatro del absurdo de Ionesco o en vodevil postmoderno. En Julieta hace un acto de contrición llevándonos a un drama entre mujeres de distintas edades, estados hormonales y condición. La austeridad se nota hasta en los decorados en tonos apagados con el empapelado de un apartamento como única estridencia.

Julieta joven y Julieta madura – interpretadas por Adriana Ugarte y Emma Suárez respectivamente- divagan entre el recuerdo y la culpa de haber perdido contacto con su hija durante catorce años.

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Casi nos alegramos de que fortuitamente encuentra galán (Darío Grandinetti) quien es tan comprensivo con sus “depres” que le agradece no dejarlo envejecer solo.

La incógnita

El gusto no dura mucho, ella carga su cruz que no comparte con nadie y justo cuando están a punto de iniciar una nueva vida, cancela y se escabulle, deambulando como zombi entre su presente, el remordimiento y el recuerdo.  El último que tuvo de su hija Antía fue cuando la dejó en un retiro espiritual y ya jamás volvió a verla. ¿Qué pasó, qué hizo ella para merecer que su propia hija diera instrucciones de no darle su paradero?

En el pasado, esa morriña crónica no encontró mejor escenario que las rías gallegas, a donde Julieta fue a parar tras enamorarse de un pescador (Daniel Grao) que conoció en un tren. Ante el recelo de la amargada asistenta (Rossy de Palma quien luce más fea que de costumbre pero igualmente efectiva), él le abre las puertas de su hogar donde poco durará la felicidad. Una traición descubierta, se torna en silencio y culpa “que se contagia como un virus”.

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“Las adolescentes son caprichosas y misteriosas”, le recuerdan; los flashbacks nos remiten a la amistad de dos niñas y nos deposita en el presente cuando la niña rubia, ya adulta (Michelle Jenner, intérprete de la estupenda serie sobre Isabel la Católica) le cuenta a Julieta su verdad. El nudo principal de la trama se revela al final cuando quizás ya no hay marcha atrás al triste compás de Si no te vas de Cuco Sánchez en la voz desgarrada de Chavela Vargas.

Julieta se exhibe en la cadena Cinépolis, Cinemex y la Cineteca Nacional.

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