Un joven mexicano de 30 años que se embarcó hacía la aventura de su vida hace 11 años. Cruzó el desierto caminando durante 12 horas de noche y eso no fue tan difícil como lo sería ahora su vida si se hubiera quedado donde nació.

Cesar Yamil nació un 12 de marzo de 1986 en La Defensa, Municipio de Alto Lucero en el estado de Veracruz, un pequeño pueblo donde, ni ahora, en el 2016, hay señal de telefonía celular. Creció como un niño normal de “rancho” jugando con lo que se encontraba en la naturaleza abundante y tropical, conviviendo con sus amigos y primos y siempre inventando cómo ganar dinero.

Vivía con su madre, quien lo crió y se encargó de él gran parte de su vida.

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No le faltaba de comer, pero no conocía los lujos. En este pequeño pueblo, los lujos sólo se encuentran entre las familias de narcotraficantes.

Él quería salir al mundo, conocer, comprar ropa, zapatos; no quería vivir en un lugar donde la gente no quisiera a los homosexuales, donde los juzgara y los señalara. Sabía que eso tampoco le agradaba a su madre.

Actualmente, el Municipio de Alto Lucero, es uno de los más violentos de Veracruz, debido a la inmersión de los “Zetas” quienes capturan, secuestran o convencen a los jóvenes con la finalidad de que vendan drogas y “se hagan de su lana” como les prometen.

En lugares donde impera el narcotráfico, la pobreza y la falta de oportunidades educativas, sólo se puede ser criminal o irse a los Estados Unidos de Norteamérica a buscar mejores oportunidades de vida.

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Cesar decidió lo segundo. Y su mamá tuvo que empeñar los papeles de su terreno a un prestamista para que pudieran juntar los 38 mil pesos que hace 11 años les costó “irse de mojado”.

Con sólo 19 años y una carrera técnica trunca en turismo, Cesar emprendió su viaje a Reynosa, ahí cruzó el Río Bravo nadando.

Al llegar “al otro lado” a él y 12 personas más los llevaron en una camioneta a una casa donde había 20 personas en cada recámara, en este lugar estuvo dos días sin comer, hasta que les dijeron los polleros que estaba despejado, pero que tenían que caminar más por el desierto.

Alrededor de 12 horas caminaron, no llevaban brújulas, no sabían si estaban perdidos, si era el camino correcto, ni sí sólo los cansaban para que algún grupo criminal se quedara con el dinero que traían cuando cayeran muertos de cansancio.

Su camino, al final fue afortunado, no lo secuestraron, no abusaron sexualmente de él, no lo masacraron o enterraron en fosas, pudo llegar agotado, con los tenis rotos y una muda de ropa, pero sano.

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Fueron por él a Mc Allen para llevarlo al estado de Indiana, donde ya vivían unos familiares, quienes le dieron techo, comida y ropa. Cuenta que durante años tuvo que trabajar 16 horas diarias para pagar el cúmulo de deudas, pero nada era peor que haberse quedado.

“Trabaje 9 años en una fábrica de libros, también vendí chiles rellenos, comida rápida y todo lo que pudiera vender para pagar mi deuda y empezar a mandarle dinero a mi mamá, para que se lo gastara en ella”, comenta.

Aclara que no regresará a vivir a México por la violencia y la atención médica que necesita un diabético. “No, sólo iría de vacaciones, por todo lo que me dice la gente de allá, la inseguridad, y además estoy enfermo, aquí me atienden, me dan seguridad y obtienes el medicamento, no hay desabasto, allá con la pobreza sería más difícil vivir”.

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Así como los millones de indocumentados en los países del norte, aseguró que lo que más extraña es a su familia: su madre, su abuela, las fiestas familiares, la alegría típica de los jarochos y la cocina mexicana.

En marzo de este año, Pew Research Center dio a conocer que son 35 millones de mexicanos viviendo en EU y que el total de latinos representa el 17% de la población, lo que los hace poderosos e importantes ante las próximas elecciones presidenciales. #Crónica Veracruz #Cultura Veracruz #Sociedad Veracruz