En gran medida nuestros destinos se rigen por el lugar en donde nacimos. Toma el esfuerzo de generaciones salir de un barrio para coquetear con la idea moderna de comprar metros cúbicos por encima de nuestras cabezas. Como ejemplo tenemos obras sensacionales: la Torre Mayor o la casi terminada Torre Reforma y el edificio de la BBVA Bancomer en México.

Especialmente sobre este bulevar se ha permitido hacer escandalosas estructuras mucho más allá del molde original ahora cohabitado por los coches. Esta avenida, trazada siguiendo los preceptos antiguos, la luna y las estrellas se libera para el uso de suelo sin límite; sólo nos queda confiar en que la tendencia de ir hacia arriba no sea vulnerable al siguiente temblor.

En cada paso se ha venido violando toda lógica desde hace dos décadas para dar cupo a erecciones descomunales como Reforma 222 y el Marquis; la Torre Diana, entre algunas ya desarrolladas y otras que están por erguirse a beneficio de alguien más.

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Muchas están frenados en lo que agrandan el agujero de su cimentación. ¿No asombra imaginar la cantidad de agua que le sacan a la tierra o pensar a dónde dirigirán sus desechos sólidos? ¿Los de abajo no nos vemos afectados?

Paso por paso estas manifestaciones se suspenden a la altura del Caballito. A la pompa y la grandeza de las estatuas en honor al México del siglo XIX y XX sigue un desgaste al modo como se desarrolla la economía de una ciudad. Pasando la Glorieta de Simón Bolivar ya todo es muy distinto, parece que desde los años 60 e incluso de modo ancestral, los planes no conllevan edificios tan altos.

La belleza de nuestra homologación al mundo capitalista es la vida de fenómenos sociales que no se dan sino en ciudades imperiales como Tenochtitlán. Así como en París, seguramente en Tokio hay galerías públicas, cosas viejas y tiendas informales de todo género en la lateral.

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Apretado camino sorteando bicicletas y conductores de automóviles, motos y autotransporte, ya saben. Ni un lugar donde estacionarse. Nuestro destino es el Flujo Subalterno en la #galería josé maría velasco. Dando cuenta del contraste con la zona opuesta, la Morelos invita a un paseo alternativo por el Parque de la Parcialidad, la Plaza de las Tres Culturas, el Jardín de Santiago, la Glorieta a Cuitláhuac, el Centro Cultural Tlatelolco.

Nos sorprende no ubicar el pequeño recinto rodeados de cantidades sinfín de bagatelas y basuras. Pasamos entre los comestibles, las frituras y las aguas frescas. Pasamos de los raspados y las fritangas, los tacos, la ropa, hasta del pirata. Bajamos la velocidad de la mirada viendo la confusión hasta redescubrir un espacio muy tradicional con mas de 50 años en la evolución de lo que podría ser el arte disociado de la elegancia y la sofisticación de las élites.

Encontramos una muestra silente. Un recorrido didáctico, gráfico y algunas que otras pinturas de gran formato. Diseños locuaces al paso, se siente el abrigo de papá gobierno (INBA) corresponsables de una actividad curtida de pasión en la defensa de un pueblo que se manifiesta, sin que necesariamente su llamado este previamente codificado para insertarse en el mercado del arte.

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Es aquí donde ponemos los pies en la definición de una estética que no nos vende lo que se espera de nosotros. Salimos emocionados con tanto mueble viejo montando la acera. Hay una variedad tan exquisita de piezas de otras épocas que nos dan como nunca ganas de comprar algo y rendirnos seducidos al kitsch o al minimalismo retro. #cultura popular #Crónica Ciudad de México