Felicidad, ese trago dulce como néctar que andamos buscando, los que ya lo probamos lo buscamos, los que no lo han probado lo andan buscando también; todos, sin excepción, buscan aquello que los hace felices. #Amelie, la protagonista de esta película francesa homónima, ha pasado su vida encerrada en sus propias fantasías; pero, gracias a una serendipia, ella abre la ventana de lo que sería la naturaleza de su propio camino: hacer felices a los demás. Ese camino de búsqueda es el que al final le permite a ella encontrar su propia felicidad; no, ella es feliz realizando las obras que realiza, haciendo que las personas se encuentren, cuando han estado de frente pero jamás se han atrevido a verse.

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Ella es feliz, durante el instante en el que logra con sus intromisiones, ayudar a dar ese salto al vacío, ese salto hacia lo desconocido, que es siempre el tomar una decisión que seguramente te va a hacer feliz, pero que la certeza de ello es nula, por ende, dar ese paso definitivo muchas veces es imposible sin ayuda. Amelie, la valiente, la soñadora. Una mujer que sabe poco de lo que todos decimos saber mucho, y que sabe mucho de lo que todos ignoramos.

La fotografía de la película es majestuosa, el manejo del color en la película me recuerda la obra de Vincent Van Gogh, una especie de caricatura de un barrio que alguna vez fue así, pero que ya no lo es. Quizá la banda sonora es la mejor que he oído, empalma perfectamente con la escenografía y las actuaciones, permitiéndote entrar en la piel de los personajes; sufrirlos y amarlos, odiarlos y desafiarlos.

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Cinco nominaciones al Oscar de 2001, hacen esta historia inolvidable para muchos; romántica para otros e irreal para algunos (como para mi esposa y para mí).

El viaje de Amelie es hacía lo desconocido, el abismo profundo y oscuro que representa el paso antes de la felicidad, antes de ese instante definitivo. Para ella ese instante lo es todo. De manera que, para ella, el mundo es una representación romántica de lo que debería ser: ese lugar en el que todos nos ayudamos para ser felices. Al final, todo conspira para que ella logre experimentar la felicidad desde su propia piel, más allá de la sensación efímera de felicidad que era el ayuda a encontrar la felicidad en los demás.

Su felicidad fue la caja llena de recuerdos que encontró, ese momento, multiplicado cada vez que lograba su cometido, multiplicado más veces cuando pudo sentir su primer beso de amor. Es ese personaje el ideal de un ser humano: vivir para los demás, impulsando con sus acciones la posibilidad, aun ínfima, de encontrar la felicidad. Un mundo con personas así, sería un mundo feliz. #opinión #Audrey Tautou