Las regiones geográficas se han creado a lo largo de millones de años. Esta medida incalculable es resultado de todo aquello que ahora se puede explicar aunque apenas vayamos al principio del camino en el desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Somos seres infinitos, pero estamos reducidos a nuestra capacidad de tomar las decisiones correctas. En alguna época centenaria los presidentes de México ocuparon el #castillo de chapultepec, pues pensaron correcto tenernos al nivel de los príncipes a ultramar (aunque luego fueran también dictadores en su afán de imitarles).

Distinto al Palacio de Gobierno, donde vivieron los Virreyes, se reedificó el palacete que había en el Cerro del Chapulín para acomodar a un Emperador.

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No hay nada en México que se le parezca; se impone como un destino en sí mismo y no se discrimina, sino sólo a las mascotas a partir de la primera sección concéntrica enrejada.

El plan antiguo se sirvió de los avances en el diseño de paisaje para dar flujo a los sueños de un México Bello entre variados árboles, un jardín botánico e ingeniosos lagos interiores. Sería sin embargo, el teatro para la resistencia contra las fuerzas invasoras. Quién sube descubre los charcos de sangre con los que se escribió la historia.

Nuestra infinitud se descubre dejando el coche atrás para ascender a este recinto o bien desviarse hacia el Museo del Caracol cuyo fin es simplificar el cuento oficial. Desde ahí se miran todos los rascacielos y hay quién piensa que desde el mirador de Carlota hace 500 años, podía verse Tenochtitlán.

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Dejamos las mochilas en la entrada. Luego hay una revisión estilo la del aeropuerto, antes de enfrentar la empinada espiral hasta la ex casa de Maximiliano. A media subida uno recuerda la niñez por las rabietas de caminar tanto. Es cansado llegar arriba, ese es el efecto mismo de la patria; no se trata de algo sencillo. No siempre fuimos de bajada.

Hoy el horizonte constructivo no deja dudas sobre el auge de algunos grupos. La ciudad rebasa la consciencia cuando descansamos oido y olfato de los motores fósiles para ir en pos del eco de los tiempos ya sea en las salas del Museo Nacional de Historia o en los jardines y balcones de la periferia.

No hemos sido tan afortunados como para conocer el elevador. Este siempre está cerrado. Bloqueadas así mismo las majestuosas escaleras que suben como serpientes por el lomo de Chapultepec. Por ende tampoco se ven novedades que refresquen el recorrido reiterado.

No hay nuevas cafeterías o medios para presentar algunas de las pinturas más valiosas de todos los tiempos.

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No hay tampoco explicación que nuble la grandeza de las texturas en los diseños de la moda. No acertamos a la fecha de su exhibición próxima, mas fue posible admirar las piezas seleccionadas en el concurso de artesanías.

La tienda tampoco estaba dando servicio por causa del inventario. Quedamos intrigados por la presencia fantasmagórica de una autoridad que preserva, pero no da pie al crecimiento diseñado para atender a los públicos del Siglo XXI. En esta ocasión se reconoce una alza en el número de visitas; ello demanda conservar y aumentar la calidad de los servicios.

Ir hasta ahí implica exponerse a una cátedra del mural en México. El espacio balancea el interés con la instalación de tres carrozas y los muebles que marcaron una época de la decoración al puro estilo europeo. Se honra en el alcázar la pasión de los niños héroes y puede distraerse uno con diversas actividades de protocolo y espectáculos culturales. #turismo cultural #crónica de la ciudad de méxico