Uno de los problemas principales con el ser humano es la doble verdad. Gracias a ello hemos aportado tantas soluciones como tiempo ha habido para reconocer la individualidad. Aunque a todos nos gusta lo mismo y necesitamos lo mismo, la época nos conmina a diferenciarnos a como dé lugar.

Es un honor vivir una cultura que nos empuja a tener opciones, a esperanzarnos con el ideal que rompe con el materialismo histórico, pero la doble verdad está marcada en las reglas con las que la élite nos permite entrada en el juego. Es decir que no se explica una sociedad que no ofrece al pueblo la garantía de un trabajo con tal de realizar el sueño de la publicidad algún día.

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El mensaje que aprendemos en la escuela, el que honramos en las ceremonias cívicas y en el cual creemos ciegamente cuando votamos, no es conformarnos con el orden preestablecido. Al contrario, nos obliga a cuestionarlo ante las verdades que nos ponen en comunión, si bien no haya iglesia de por medio para afirmar que debemos tener el mismo sueño.

Esta crisis del modelo presidencial es un ataque directo contra el individuo para sumirnos más en la escasez, por ello no sobran estas palabras para aclarar lo contrario; la abundancia, por lo menos aquello que no redunda en la auditoria o la justicia al respecto de su administración.

Como vivimos regidos por una centenaria constitución, no nos queda sino resaltar por este medio algunos grandes logros como el que la mayoría conoce que es, el domingo como día de descanso. Este derecho, como otros incluidos en contratos laborales firmes, nos permiten celebrar un discurso de la verdad cultural.

Sería engorroso seguir por ese camino.

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Tampoco quiero complicarle con todo el sentido de una calle como la de James Sullivan, cuya vida nocturna es cuento aparte. No esta de más amigos, que en cambio les indique una vía hacia los formidables tesoros urbanos de la CDMX.

Es domingo. Peculiarmente los artistas son algunos de los que no descansan, como tampoco quien atiende los expendios comerciales, los transportes y por supuesto los vendedores del mercado tradicional; aquel que convive con el Jardín del Arte.

Caminamos pasando la fuente donde se ha puesto a Luis Pasteur como colofón al Senado, seguimos ante edificios transformados y auténticos, como aquel donde hace décadas estuvo el Bull dog y donde está el VIPS.

Ya desde ahí se hace presente el tianguis del Arte; punto de encuentro semanal de una centena de artesanos cuya obra se expresa en medios tradicionales incluyendo a la fotografía. Esto en un contexto donde no hay reglas precisas entre qué es bello y qué funciona como mercancía en un punto de venta.

Se sobre entiende desde que nos acordamos en los 80, que este es uno de los cuatro o cinco lugares donde se pueden poner de acuerdo tantos creadores con la vecindad para montar su creación en el contexto de un jardín y vender su trabajo.

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Notamos cierta variación al paso de las vanguardias cuando notamos pinturas representando fotografías realistas, aparte del tradicional paisaje, el bodegón y una diversidad de figuraciones y abstracciones. Vimos algunos buenos grabados así como un sin número de miniaturas tridimensionales.

Recomendamos no ofuscarse si el valor de estos cuadros rebasa la capacidad económica de un trabajador promedio. Lo invitamos como sea al recreo dominical que se nutre con ejemplos del otro arte frente al parque. La arquitectura emocional nos brinda, si se fijan, una definición más discreta de este negocio en el Museo Experimental del Eco. #turismo cdmx #Jardín del arte #comercio de arte